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  4. Providencia y mensaje de la nieve

Cuando alguien escucha la noticia según la cual la primera nevada ha caído en, por ejemplo, el puerto de la Bonaigua, lo mucho que le dice es algo así como “el invierno ha llegado”. Y hasta ahí la cosa.

Sin embargo, cuando se trata de Manuel Lozano Garrido el que, como periodista, la narra… la cosa cambia pues sabemos, casi de antemano, que la cosa no se va a quedar en la superficie del asunto sino que va a ir más allá, mucho más allá.

Llevar tal noticia al plano espiritual supone saber más que bien lo que es el espíritu y el plano en el que se mueve. Y es que si hay alguien que dice que Dios no castiga… que se lo digan a las jovencitas que, en aquel tiempo, pusiéronse unos ropajes poco admisibles según una buena moral y las sorprendió la nieve, tan blanca ella y tan opuesta a la negritud de ciertas conductas…

Y todo esto en este artículo sobre… ¡la nieve!

 

 

Publicado en “Revista Linares”, en noviembre de 1954.
 

BARCELONA – Han caído las primeras nieves en el puerto pirenaico de la Bonaigua . La temperatura ha descendido a cero grados en…

Sobre el amasijo de noticias en pugna, una, antigua como el mundo, pero que periódicamente se aproxima con una verdad o un matiz hasta entonces inexpresado, se nos ha alzado con el cetro efímero de la actualidad: la caída de las primeras nieves.

Siempre que este hecho se da, invariablemente nos produce una sensación de sorpresa, fuente, a su vez, de meditaciones e interrogantes. De entre ellas, dos han detenido hoy nuestra atención: ¿qué tendrá la nieve, que siempre se acompaña de un florecimiento de alegría? ¿es ella sólo un simple fenómeno climático? Porque lo cierto es que, desde que nuestros ojos niños se hicieron a la estampa de un paisaje nevado, cuando el invierno nos envía alguna de sus lluvias blancas, sentimos en el corazón impulsos de infancias renacidas y en el alma el aldabonazo de un mensaje providencial.

Y es que en la nieve ha concatenado Dios símbolos y recuerdos que perfilan su personalidad en el campo de las cosas de predilección divina. La nieve es blanca como la verdad, luminosa como la fe, inmaculada como la castidad, incontenible como el amor. Con nieve se rubricó un día la complacencia divina a la profesión religiosa de Teresita de Lisieux, y la huella virginal de tantas apariciones marianas -Bayeux, Roma…-, así como el hecho inicial de la Redención, se encuadran en una panorámica inmensamente blanca.

De aquí que la nieve casi siempre tenga un mensaje o un destino que cumplir. A veces será el más ecuménico de todos los destinos; otras, simplemente una llamada íntima, que el excesivo afán puede hacer inoperante. Pero en todo momento la suerte estará en tener el oído atento a su voz providencial.
Y hoy, ¿nos dirá algo la nieve?

Alguien ha dicho que en verano debió de nacer el demonio y que por eso se conserva tan caliente. La verdad del axioma se palpa aún en estos meses de transición. Tal vez el pasado estío, contemplado desde un solo punto de vista de la moral pública –el atuendo femenino- haya sido el de cosecha luciferina más ubérrima. Por eso hemos pensado que quizá radique aquí la explicación de estas nieves, desconcertantes por prematuras, que se han enseñoreado de la actualidad. ¿No será que el Señor, cansado de tantas admoniciones inutilizadas, habrá decidido cortar con una diagonal de nieve -¡precisamente de nieve, tan significativamente antagónica!- la inmoralidad reinante? Porque en lo sucesivo se va a invertir el cuento del palurdo que únicamente se despojó del abrigo en última instancia por los rigores de un sol de fuego. “¡Mis ropas; mis mangas!”, estarán diciendo a estas alturas muchas chicas que abusaron del deshabillé en el vestir. Y una vez más tendremos que bendecir a la hermosa nieve, que en su lista de beneficios se ha apuntado este último tanto de cercenar una desnudez repelente.

Nos ha sido simpático este parte meteorológico que cacareó la primera nevada. En lo sucesivo le perdonaremos sus veleidades pasadas, y hasta pedimos a Dios que le conceda el reino de los noticiarios. No queremos ni pensar que al puerto de la Bonaigua se le llame alguna vez “la cota número tantos…”.

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