Para aquellas personas que conocieron en vida a Manuel Lozano Garrido y para aquellas que lo hemos conocido algunos, o muchos, años después de su subida al Cielo, es cierto y verdad que hay realidades que las damos por establecidas y hasta ahí.

Con esto queremos decir que, lo mismo que pasa con otras muchas cosas de nuestra vida, acabamos por no dar la importancia que se merece aquello que, por decirlo así, damos por hecho.

Hacemos aquí mismo una reflexión acerca de lo que, en verdad, debemos a Lolo. Y es que, hablando del espíritu y del alma… bueno, pues que es mucho eso que decimos aunque, como decimos arriba, nuestro amigo, por serlo, casi pareciera que está ahí y ahí está…

Podemos decir, por ejemplo, que a Lolo le debemos saber que es crucial tener un fondo espiritual importante y que debemos tener muy en cuenta los principios de nuestra fe católica que, por cristiana, es universal.

Podemos decir, por ejemplo, que a Lolo le debemos tener en cuenta que aunque lo estemos pasando mal físicamente (es casi seguro que nunca lo pasaremos peor que lo pasó Manuel aunque, claro, eso nunca se sabe pero…) siempre podemos intentar sobrenadar los padecimientos y los sufrimientos dándonos cuenta de que Alguien sufrió por nosotros de forma injusta e inmerecida.

Podemos decir, por ejemplo, que a Lolo le debemos tener el ansia de Dios que él tenía y que le llevó a ofrecerse como sacramento del dolor, como dijo alguien acerca de la persona de aquel hombre que había visitado y que venía de Taizé, en aquellos tiempos en auge y en crecimiento.

Podemos decir, por ejemplo, que a Lolo le debemos reconocer que es posible estar siempre alegre y llevar la alegría a la vida de sus semejantes.

Podemos decir, por ejemplo, que a Lolo le debemos saber que es posible tener fe en unas circunstancias tan radicalmente terribles como las suyas y saber también que la fe alimenta el alma pero también da fuerzas al cuerpo pues nos sostiene en las tribulaciones.

Mosaico con imágenes de la celebración del Centenario del nacimiento del beato Lolo (miniatura)

Podemos decir, por ejemplo, que a Lolo le debemos el aprender de él el amor a la Eucaristía como alimento que nos lleva  la vida eterna y sin el cual no podemos estar e, incluso, ni ser.

Podemos decir, por ejemplo, que a Lolo le debemos tener una voluntad de hierro sostenida por un amor incondicional a la Santa Madre Iglesia con la cual gozaba, incluso, en la distancia física de un templo o casa de Dios.

Podemos decir, por ejemplo, que a Lolo le debemos un saber pasar por el sufrimiento sabiendo tener un dolor, como decía, de “escafandra” que es lo mismo que hacer todo lo posible para que nuestro sufrimiento no traspase nuestro ser y se pegue al corazón del prójimo.

Podemos decir, por ejemplo, que a Lolo le debemos darnos cuenta de que podemos dedicarnos a ser cristianos y a creer, así, sin más ni más pero sin menos.

Pero también podemos decir que al Beato de Linares le debemos muchos el hecho mismo de conocerlo pero, sobre todo, el dejarse conocer a corazón abierto, dándose en cada palabra que escribió y dejó dicha para la eternidad, entregándose sin medida cuando podía haber sido, simplemente, retraído y apartado de todos y de todo.

Mucho, pues, podemos ver que le debemos a Lolo y, por tanto, mucho es lo que le debemos agradecer pues es difícil encontrar a alguien que se entregue tan de corazón y que entregue el suyo para que sea exprimido hasta la última gota de dicha y de gozo. Y eso lo borda Lolo, a la perfección y siempre.

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