Publicación original: Boletín Asociación Amigos de Lolo nº 36 , de marzo de 2003 por A. Valderas.

Esta sección del blog de la Fundación tiene como objeto recuperar artículos de personas que conocieron a Lolo o que, de una manera o de otra, se han sentido influenciados en su vida por la existencia del Beato de Linares (Jaén, España)

El artículo de hoy lo escribió, allá por 2003, una persona que recordaba la primera visita que hizo a Lolo. A la misma lo llevó su tío pero a muchas de las siguientes suponemos que acudiría él solo porque había encontrado a un gran amigo.

Lolo, según nos lo describe, es como sabemos que era: enfermo, sí, pero, a la vez, lleno de una alegría y vida que transmitía a los demás que, como nos dice A. Valderas, lo visitaban porque sabían que era una persona de fe, bueno y que, más que nada, iba a llenarlos de esperanza y de corazón tierno.

«Vente conmigo, voy a ver a Lolo, tengo que llevarle unos papeles para la revista», me dijo una tarde mi tío Juan y me fui cogido de su mano. Sería un domingo de otoño de los primeros años «cincuenta».

La cuesta de la iglesia siempre llamaba mi atención, a la izquierda el edificio de la cárcel, de cantería, viejo y casi sin ventanas, (el guardia civil en la puerta me impresionaba). A la derecha de la subida otra edificación baja de mampostería desprendía un agradable olor a serrín que me recordaba el «belén» que todos los años montábamos en casa por Navidad, era la carpintería; al otro lado, al final de la cuesta la mole de la iglesia destacaba sobre todo. Al llegar a la lonja del templo giramos a la derecha, en la esquina de enfrente una casa de piedra, de varias plantas, con balcones andaluces y aspecto ilustre fue el final de nuestro camino. Subimos al segundo piso y mi tío al llegar al rellano llamó en la puerta de enfrente. Una chica de alegre sonrisa nos abrió. Era Luci. «Hola!» ¿Este es el «chico»? -dijo mientras me revolvía el flequillo- «Pasad».

Recorrimos un largo pasillo, al fondo a la derecha se abría una habitación bien iluminada por un balcón que daba sobre la lonja de la iglesia, en el centro una mesa camilla con faldillas estaba repleta de objetos: libros, carpetas, un «flexo» … a la derecha de la misma sobre un sillón de altas patas y pequeño asiento de anea estaba sentado un hombre, vestía jersey sobre un pijama y sus piernas estaban cubiertas por las faldillas de la mesa, su cabeza estaba inclinada hacia delante, sus manos reposaban sobre su regazo, estaba extremadamente delgado. Como saludo solo movió ligeramente todo su cuerpo con un estremecimiento bamboleando al mismo tiempo el brazo izquierdo de fuera a dentro, los dedos de ambas manos estaban contraídos hacia las palmas. Yo desde mi corta estatura pude mirarle de abajo a arriba. Su cabeza redonda y muy rapada enmarcaba una cara sonriente de mejillas finas. Portaba unas gafas de cristales verdes para mitigar la luz que irritaba sus dañados ojos Se trataba de Lolo.

Nos saludó con su voz cascada pero cargada de un cariñoso matiz. Su tono era afable y tranquilo. Había una aparente contradicción entre su alegre voz y el maltratado cuerpo del que salía. Quiso saber quién era yo y me habló como si lo hiciera con alguien que mereciera toda su atención a pesar de mis pocos años. Aunque su aspecto impactaba, me sentí cómodo con él desde el primer momento.

Pronto mi tío y él iniciaron una conversación sobre temas relacionados con la revista. Lolo, mientras hablaba, escribía una lista de asuntos con la mano izquierda sobre una cuartilla colocada sobre su pierna. Para ello empleaba un bolígrafo encajado entre sus engarfiados dedos índice y corazón. Como no podía hacer ningún juego con la muñeca y el codo, sus impulsos nacían desde el hombro. La caligrafía era de trazos solo esbozados, difícil de leer pero de rasgos seguros, parecía un milagro que en sus condiciones pudiera plasmar una línea tras de otra sobre un papel.

La charla era animada y pronto se olvidaron de mí. A Lolo se le notaba entusiasmado con lo que estaban tratando. Su interés por lo que le rodeaba era evidente.

Así conocí a Lolo. Luego volvería a su casa muchas veces, durante más de diez años fui un asiduo visitante, primero como «el chico de los recados» y luego, como tantos otros, echando una mano en lo que podía. Así tuve la suerte de ver como cada día aceptaba los designios de Dios para con él, reencarnando una segunda edición de la figura de Job. Era una persona que aunque la vida era para él una lucha dramática, gozaba viviendo y sintiéndose un ser conectado en positivo al mundo que le rodeaba.

¿Por qué la gente le buscaba? En un mundo que empezaba a hacerse pequeño, donde las ansias de felicidad se materializaban en la salud, el dinero, el poder…, Lolo era el encuentro inesperado y brutal con una realidad incuestionable: la paz, la esperanza, el amor… son compatibles, mejor dicho, son alcanzables a través del dolor, las limitaciones, la pobreza.

Las personas iban de buena fe la primera vez a visitarle, unas pensando en hacer una obra de misericordia, otras simplemente por mera curiosidad al haber oído hablar de él. Pero todas salían de esta visita inicial dándose cuenta de que habían recibido mucho más de lo dado. Una nueva perspectiva de la vida se entreabría ante ellas. Por la gracia de Dios, un hombre sentado en un sillón de ruedas trascendía un mensaje a los demás.

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