En un magnifico jardín crecía un bambú maravilloso. Al dueño del jardín le gustaba más que todos los demás árboles. Año tras año el bambú crecía haciéndose cada vez más fuerte y robusto. Y el bambú era feliz porque le gustaba al Dueño.

Un día, el Dueño se le acercó y le dijo: Querido bambú, te necesito”. El bambú sintió que había llegado el momento para el que había sido creado y con gran alegría le respondió: Amo, estoy listo. Haz de mí el uso que quieras”.

La voz de Amo era grave: Para servirme de ti, necesito derribarte”. El bambú preso de espanto dijo: “¿Derribarme a mí, Señor? ¿A mí? ¿Al más bello de los árboles de tu jardín? ¡No, por favor! Sírvete de mí para tu disfrute Señor pero, por favor, no me derribes”.

“Mi querido bambú – continuó el Dueño- si no puedo derribarte, no puedo utilizarte”

El jardín permaneció en un profundo silencio. El viento también dejó de soplar. Suavemente el bambú inclinó su magnífica cabellera y murmuró: “Señor, si no puedes servirte de mí sin derribarme, derríbame”.

“Mi querido bambú- dijo el Dueño- no solo debo derribarte, sino, además, cortar tus ramas y tus hojas. Si no puedo cortarlas no puedo servirme de ti”.

El Sol escondió su cara, una mariposa voló horrorizada. Temblando el bambú dijo con una débil voz: “Señor, córtalos”.

“Mi querido bambú, debo hacerte todavía más– dijo el Dueño- Debo cortarte en dos y sacarte el corazón”. El bambú se inclinó hasta la tierra y murmuró: “Señor, corta y saca”.

Así, el Dueño del jardín derribó al bambú, cortó las ramas y las hojas, lo partió por la mitad y le sacó el corazón. Luego lo llevó donde brotaba una fuente de agua fresca, muy cerca de sus campos que sufrían sequía. Cuidadosamente unió a la fuente un extremo del bambú muy querido y dirigió el otro hacia los campos resecos.

El agua clara fresca y dulce comenzó a fluir por el cuerpo del bambú y llegó hasta los campos. Se plantó arroz, la cosecha fue excelente y la pobre gente no pasó hambre. Así es como el bambú se convirtió en una gran bendición, aunque había sido derribado y destruido.

Cuando era un árbol maravilloso, él vivía para sí mismo; pero quebrantado, herido, desfigurado y roto, se había convertido en un canal que el Dueño utilizaba para fecundar y dar vida a su campo y alimentar a sus gentes.

Beato Lolo de campamento con jóvenes

Lolo, comunicador de Alegría a los jóvenes, campamento en Tíscar.

Y esto, aunque lo parezca, no es un cuento ni una historia. Nosotros hemos sido amigos íntimos de una persona que, como el bambú, lo dio todo por los demás y hoy está en los altares… Sus amigos lo llamábamos “Lolo” al que, con 22 años, Dios le dijo “Te necesito” y él le respondió “Aquí estoy Señor, haz de mí lo que quieras”.

Fueron casi treinta años de “sufrimiento feliz” y la Iglesia reconoció sus virtudes proclamándolo Beato hace diez años y poniéndolo como ejemplo para que los enfermos, los ciegos, los periodistas, los catequistas sepan que tienen a un compañero en el cielo, pidiendo a Dios por todos ellos.

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