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  4. “ROSARIO AL SOL”, la novela de Lourdes

Podemos decir, sin temor a equivocarnos, que el tema de las apariciones en Lourdes es uno de los que más fascina a Lolo. Por eso no nos extraña nada que dedique este artículo a hablar de una obra (que da título al mismo) y que se refiere, precisamente, a aquel lugar.

El autor del libro, Francis Jammes, se convirtió al catolicismo y, desde su fe, supo poner el acento en aquel acontecimiento espiritual propio de Dios que conmovió los cimientos espirituales del mundo como, exactamente, pasa hoy mismo.

En “Rosario al Sol” Lolo entrevé los principios espirituales de lo que, en el siglo XXI, fue la demostración efectiva de que Virgen María está siempre al lado de sus hijos.

 

 

Publicado en “Revista Linares”, en abril de 1958.
 

Hace ahora cien años que una niña rústica y enfermiza, pero tocada por el soplo de la gracia, fue testigo de la más palpitante explosión de sobrenaturalidad de los últimos tiempos, que aún perdura para pasmo de lógicos y racionalistas. Uno de los misterios más encantadores de la dogmática católica -la concepción inmaculada de María Santísima- tuvo su refrendo celestial entre un conjunto de cosas elementales sobre las que alienta un claro designio simbólico. Así, el agua, la piedra, los niños y la sencillez campesina perennizan en el tiempo la humildad básica que dio cauce a la misión de la doncella nazarena. Todo, pues, cuanto rodea al mensaje virginal está empapado de una simplicidad que personalizan las dos figuras más encadenadas con el misterio: Pío IX, su definidor, y Bernardette, la niña de las confidencias.

Llevar a la literatura un reflejo de este misterio exigía, asimismo, una previa y total renuncia de artificios. Sólo un hombre pudo acercarse a esta meta, y lo hizo decantando con antelación su alma en el dolor y la pobreza de espíritu.

EL AUTOR

Francis Jammes había nacido en un pueblecillo de la Francia meridional -Tornal- y toda su vida la pasó en contacto con la Naturaleza, por la que tenía una predilección entrañable. Sus únicas salidas, algo prolongadas, fueron a Burdeos, para cursar estudios, y a París, donde ciertamente no halló la cacareada luz del siglo, sino las tinieblas de la incredulidad. En Orthez, junto a Lourdes, paisaje que idolatraba, pasó sus días con el pretexto del empleo en una notaría, pero con el más alto fin de cincelar versos por entre los que fluyen el latido de los pájaros y el río, los árboles y la campiña. Allí escribió libros como “Del ángelus del alba al ángelus del anochecer”, “Le Naissance du poète”, y ya converso, “Claros en el cielo”, “Pensamiento de los jardines”, “las Geórgicas cristianas”, “Poemas franciscanos o arias para los ángeles”, y las novelas “Mi hija Bernardette” y “Rosario al sol”.

Su vuelta a la fe tuvo como vehículo al gran poeta Paul Claudel, que siempre tuvo una tenaz preocupación por reintegrar al camino de la verdad a sus compañeros de creación. Un diálogo entre los dos fue la premisa, y el resto se consumó en el mismo Lourdes, ante la portentosa imagen de las apariciones. Desde entonces, Jammes vió sublimado todo su ideal de sencillez en la grandeza del mensaje inmaculista, y a ella consagró el resto de su obra y de su vida. La consecuencia fue “Rosario al sol”, en la que intentó una encarnación de su ideal de pureza.

“ROSARIO AL SOL”

Deletreando la rotulación de los distintos capítulos de “Rosario al sol”, antes de iniciar su lectura se experimenta una inquietud a la que sólo el final de la obra da su respuesta. El hecho de que cada uno de ellos lleve al frente el texto de otro de los respectivos quince misterios del Rosario, supone una autolimitación del tema que justifica la prevención. Y, sin embargo, la duda carece de fundamento. Lejos de ser la de Jammes una disminución reflexiva de medios para más destacar el triunfo sobre las dificultades de elaboración, es, por el contrario, el diseño más fiel, iluminado por cualquier circunstancia que se la contemple a través de un prisma de catolicidad. La clave nos la da esta frase, que surge al hilo de una de las meditaciones de la humanísima Dominica: “Solamente aquellos que practican el Rosario saben con qué facilidad pueden asociar cada misterio al caso especial que les preocupa. No existe un acto en la vida del hombre que pueda escapar a esta devoción infinita.”. Y anteriormente: “Hay gozos, dolores y triunfos en la medida de cada uno”. Lo que sucede es que, a veces, hacemos de la fe rito en que prende la rutina, sofocando verdades primarias como la de que en la vida hay que ir huella sobre huella del Nazareno para alcanzar lo perdurable.

Es lo que hizo Jammes con su trama que asombra. Su fórmula estriba, simplemente, en que supo trazar a tiempo la revisión de sus años idos, comparándolos con la andadura que remata en Cruz y hacerse un enamorado del saldo favorable. Él también tenía gozos y dolores, y había que decidirse a vivir una gloria.

Cautiva lo sobrenatural que revolotea sobre el ambiente de “Rosario al sol”. Su trozo de vida, sencillo, casi vulgar, es el mismo que a nosotros cotidianamente nos rodea. Abundan tipos y situaciones como las del huérfano Pedrito, las pequeñas María y Anita, el tipógrafo, el librepensador o Asunción; pero lo que ya es singularísimo es la trayectoria de fe y pureza que se nos hace seguir hasta alcanzarlos. Por ella las cosas se hacen claras, risueñas, todo tiene su finalidad y hasta lo providencial se hace aquí explicativo.

Jammes empieza por arrodillar a Dominica en Lourdes, una mañana movida en peregrinaciones. Dominica es bella y no puede evitar el amor que enciende. Ya hay un feliz arranque. Pero también es equilibrada su intimidad, es testigo de la lid por lo divino estable. Y el conflicto se acentúa. Finalmente, es sumisa al dictado de lo futuro. ¿Cómo alcanzar la evidencia de lo impalpable? Dominica eleva su lamparilla de virgen prudente y ahínca y profundiza hasta dar con el destino. Y la emoción sube de punto en una trama perfecta.

Pero a la movilidad de Dominica y a su candorosa ingenuidad de adolescente podían afectarle una silogística muy sutil. Jammes sale en seguida al paso. En el fondo, él es un mozallón ingenuo y quiere hacer de este don el eje de su creación graciosa. Su lenguaje se aniña, hasta hacerse de una simplicidad cautivadora. Ya son conocidos sus contratos con el franciscanismo. Sin embargo, esta vez su estilo se remonta a las fuentes del Serafín, que están en el relato de San Lucas, el confidente de la Madre de Dios. Más que franciscano, es luquiano. Hay frases que parecen arrancadas del texto evangélico: “Y aquella rosa reinaba en aquella zarza, y no en otra. Y cuando el niño, sólo y angustiado, bordeó la zarza, María, que se hallaba al otro lado, le dio una rosa”. Esto es precisamente lo que cautiva a Regnier: “Su estilo es una mezcla de precisión y de torpeza; natural la una, rebuscada la otra. Este lenguaje, a la vez inhábil y exquisito, en él es un encanto.”

¿Qué alcanza el novelista en compensación? La transparencia del sentimiento, una plasticidad casi tangible de las imágenes, cierta hondura y facilidad explicativa, un pensamiento de cristal y la fresca y olorosa espontaneidad que arrastra. Cuando al fin alcanzamos el capítulo de la coronación con su sentida letanía, habremos caminado, al paso de Dominica, por un sendero bordeado de lirios y azucenas, pero también nos quedará en los misterios del Rosario el hallazgo de una fortaleza para los males que cerquen nuestra espiritualidad y la seguridad de ir con ella pisando recio hacia la salvación.

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