Publicado en la revista Linares, febrero de 1959

Acabo de verte desde mi rincón, tras los cristales, justo en ese sitio que ocupo todos los días desde las 8,25 hasta las 19,10. Venías aprisa, con ese andar seguro de tus visitas de siempre y el mismo aire confiado de quien alarga los dedos a una cosa dócil, habitual y poseída: el encendedor, la llave de la luz o el tarro de la mantequilla. Cuando me has visto, Tristeza, no has podido evitar un movimiento instintivo de huida, acogiéndote a las espaldas de ese hombre de pelliza con cuello subido y chupadas al “Peninsular”  que caminaba achaparrado por el frío.

Lo sabes -¿y para qué negarlo?-: ahora que llegas otra vez, he sentido la gigantesca conmoción del miedo, el temblor y el rechinar de dientes que adelanta la angustia. Cada quince días, cada semana -¿cada atardecer?- has entrado de puntillas en mi cuarto -¿te dije que te conozco por la “visita que no llamó al timbre”? –con precisión matemática, y sólo te he sentido desde mi interioridad biológica, cuando me has hecho inaccesible a todos frenándome la lengua, cuando sobre mis hombros han caído los cascotes que inician un derrumbamiento y su pesadumbre, cuando hasta los poros han trasegado la gota amarga y viscosa del desconsuelo.

¿Recuerdas? Yo, aquella noche, repasaba únicamente las columnas positivas de contabilidad interior. A cada cifra, yo la punteaba alegremente, mientras en el corazón me bullía un sonoro repique de campanas. Pensaba en lo que en ellas pudo haber de noble abriéndose brecha a codazos y diciéndome triunfalmente desde la cumbre: “Ya estamos: desde aquí se ven las plantas colosales de Dios. Aúpa un poco y acerca también tus manos para la ofrenda”. Vivía entonces el coraje de existir, la euforia del optimismo y la apoteosis de llevar a buen término un trozo de ideario que, en definitiva, es la mejor manera de ser feliz. Después vino lo que ya conoces   -“de luz y de sombras soy”-,  y luego sólo sé de las menudas dificultades de siempre, despreciables y ridículas, que tú inflabas y agigantabas ahora como fantoches de feria para que me bailaran la zarabanda de lo tremendo e irremediable.

Tenías entonces los hilos del teatro físico, y los sentidos se me doblaban con el gesto mecánico y ridículo de la marioneta. El desplante del amigo, la factura de la gabardina, el despido del casero, a tu manera me los ibas aislando de Dios, aseptizándolos de su Providencia, para que me aplastaran con su gravedad. Cuando quise traer a juicio las horas de esperanza, los pulsos martillaban tu melancolía, y hasta en ese micromundo de la célula sentí como el dogal de una garra crispada.

Contigo en la sangre, he untado mi pan de humillación, de vergüenza y de amargura, y ahora mismo, al confesar mis gemidos y mis lágrimas, siento la degradación de la fortaleza y el estrépito con que se desmorona mi fachada de hombre. A cada zancadilla, cuando mi frente ha caído a la tierra y en los labios he sentido el sabor acre del barro, te has cuidado muy bien de recitarme siempre tu letanía satánica: “Es Dios. Es Dios. Es Dios”.

Y, sin embargo, ni ahora, ni nunca podría negarte la hospitalidad. Ya ves, te miro y, al mismo tiempo, me late en las venillas de las sienes un turbión de agonía y la tensión que anuncia el sudor de la sangre. Pero hoy he de embridar el bullir de los instintos, porque quiero forzarte, Tristeza, a que, junto a la mesa-camilla, dejes sobre el tapete hasta la última gota de tu verdad, de nuestra honda verdad.

Tengo ante mí cierto momento en la vida de un hombre que nunca podrá enfangar el pesimismo. Está de rodillas, sólo en la noche y abrumado de pesadumbre. La luna trae ahora una cara bañada por el llanto, y a sus miembros los estremece la absoluta invasión de la agonía. Nunca como entonces, Tristeza, te has ensañado en una vida palpitante. Ahora deletreo el nombre de aquella criatura, y los signos me dicen que es el Cristo, el Hijo de Dios vivo. Porque a sus horas las poseíste, ahora me frenan las palabras de maldición. Cada minuto me abre un nuevo ventanal a los acontecimientos. Por eso, ya no seré yo quien te contraponga a la alegría. Es más: pienso que tú puedes ser gozo y dolor, felicidad y contrapunto a la vez. Creo en la reversión milagrosa de las manos que crearon la luz, los pájaros, la caricia, y ahora están crucificadas. “He aquí que por el madero de la Cruz vino la alegría al mundo todo”.

 

Sin tú quererlo, las imágenes de tus espejos deformes han abocado al dulce reino del equilibrio. “Al hacerme como soy -decía la monja de Bernanos-, ¿por qué Dios habría querido sólo rebajarme? Lo frágil de mi naturaleza no es una humillación que Él me impone, sino el signo de su voluntad sobre su pobre sierva”. Rouault, que supo de hombres grotescos, pensaba que “todos nos disfrazamos con lentejuelas. Cuanto más grande parece un hombre, tanto más temo por su alma”. Ahora, desde que tú nos has dado a gustar el acíbar de la “noche oscura”, sobre la tierra se asienta un hombre desnudo, en el tremendo despojo de su comienzo generacional, que mira cara a cara los ojos de Dios. Los labios de ese hombre han empezado a moverse ya para el diálogo. Dios y él, al fin, hablan. ¿Qué puede importar entonces la “hora negra” y el polvo mordido en la derrota?

En Getsemaní, la tolerancia de Dios a tu invasión del núcleo y el cerebro, el corazón y la sangre, iluminan la última verdad de tu presencia: yo y esa chica que vende minucias en una bisutería, el obrero que ajusta un hierro de alta precisión y el Juan Nadie que repasa fichas en una oficina, tienen también un rincón insalvable, su fortaleza íntima, soberana e inaccesible. Entre tanto que sobre estas almenas no brille tu bandera, en medio del temporal yo estaré siempre pensando que sobre el alto cielo brilla el sol de la gloria, que canta, a la par, la realidad de tu fracaso. Por eso, ahora, Tristeza, levántate ya y planta la tienda para el combate. Yo circunscribiré la vida al reducto interior, y le diré al juicio que deje para un claro amanecer la hora de los criterios y de las decisiones.

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