Juan Carlos Córdoba Ramos

Juan Carlos Córdoba

Sería difícil olvidar desde la memoria agradecida del corazón, aquella tarde de Junio en la que una cortina de agua pareció unir el cielo con la tierra, ¡Y así fue! Sólo el Cielo puede empapar la tierra… no se sospechó que allí  faltara nadie; podía sentirse la alegría de la fe y la comunión de la Iglesia que peregrina en Jaén. Me refiero a la hermosa y multitudinaria expresión de fe que significó para nuestra diócesis, la Beatificación de nuestro querido Manuel Lozano Garrido “Lolo”.

Aun tenía yo veinticuatro años, y siendo el único diácono de la diócesis que esperaba ser ordenado sacerdote en pocos días, tuve la dicha de servir el altar del Señor en celebración tan Solemne y deseada.

Allí pude sentir y experimentar en lo más íntimo y de la forma más elocuente, que sólo desde el Cuerpo entregado de Cristo Eucaristía podía entenderse el cuerpo triturado en el dolor y el servicio amable de nuestro amado testigo.

Aunque aquella tarde se insinuaba gris y oscura, no dejó de brillar en ningún momento la luminosa y  plateada arca de las reliquias, algo que me hacía recordar que el testimonio de los santos siempre es antorcha de fe, llamada a la santidad, y anuncio de esperanza para el mundo. Sólo Cristo es la Luz que brilla siempre  en las tinieblas de nuestra historia y la única esperanza de una humanidad nueva.

cardenal amato besa la urna con los restos de lolo

Monseñor Amato besa la urna con los restos del beato Lolo

Aquel día bajo aquella “carpa” que se hizo “tienda del encuentro” se hizo visible lo que nuestro Papa Francisco diría que ha de ser siempre la Iglesia; “Un permanente hospital de campaña”, un signo de esperanza en el dolor, un signo de caridad y permanente consuelo… Cierto que un hospital vulnerable y a la “intemperie”, pero en medio de todos y para todos, como es Cristo desde la Cruz para el mundo.

¡Qué gentío de todas partes se congregó aquella tarde en Linares!…

Fueron momentos que me hicieron sentir como en un Monte de las Bienaventuranzas; y es que estoy seguro de que Cristo nos habló de ellas, pero esta vez desde un Evangelio hecho vida: el humilde testimonio de su siervo Manuel, discípulo fiel y bueno.

Por todo ello doy gracias al Señor, y he de decir que fue muy gozoso para el día de mi ordenación sacerdotal, escuchar entre las letanías de los santos, el nombre de tan valioso intercesor.

“Lolo” amaba el sacerdocio; creía en el poder salvador de Cristo ejercido y realizado en el humilde ministerio de sus siervos, por ello me encomendé a él desde aquel día de su beatificación, para pedir al Señor un amor grande a la Iglesia… creo que la única manera de servir bien a la iglesia es amándola.

Y es que la vida de Manuel Lozano me hizo profundizar en una de las grandezas del Ministerio Sacerdotal; que la Gracia de Dios se realiza en la debilidad. El Señor por puro amor llama, elige, consagra, envía  a sus “limitados ministros” para ejercer a través de ellos su ilimitada e infinita misericordia en el mundo.

Por todo ello, en el décimo aniversario de mi consagración es un gozo renovar mis promesas implorando de nuevo la intercesión de nuestro querido Beato.

Ahora, desde mi servicio pastoral a la Diócesis, como Vicerrector del Seminario Diocesano y Delegado episcopal de Juventud y Vocaciones, me siento llamado a mirar de nuevo la figura de nuestro querido Lolo, precisamente en el centenario de su nacimiento, para contemplar la frescura de todas aquellas virtudes que pueden ser referencia para los jóvenes de hoy, así como el testamento espiritual de sus escritos. Manuel fue un joven entre los jóvenes comprometido en el apostolado en unos tiempos que no fueron fáciles como tampoco lo son hoy.

Quizás es momento, aprovechando este año de gracia, de contagiar con renovado entusiasmo la fe entre los jóvenes, con un apostolado más comprometido en acciones concretas que sean un signo vivo en estos momentos, y un acompañamiento juvenil más personalizado que fomente futuras vocaciones. Ojalá que teniendo a tan valioso mediador, nuestra Iglesia de Jaén pueda en lo sucesivo experimentar un nuevo impulso misionero entre los fieles laicos.

¡Beato Manuel Lozano Garrido, ruega al Señor por nosotros!

Juan Carlos Córdoba Ramos
Sacerdote

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