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Tenemos que admirar mucho la forma que tiene el Beato Lolo para ponerse en la piel del otro o eso que hoy se llama empatizar. Y es que resulta más que bueno que sea capaz de entender a quien está ausente de su tierra y siente nostalgia de esta.

De todas formas, hay gozo también en aquellos que se han ausentado de su pueblo, de su ciudad. Y es que los une el recuerdo que, de tanto en tanto, pacifica los corazones ausentes y los llena de esperanza… de volver.

Es bien cierto que un día que recordase al ausente, a quien, por una razón o por otra, ha marchado a otros lugares, vendría la mar de bien al corazón mismo de aquellos lugares donde no están todos los que son.

 

 

Publicado en el Diario «Jaén»

 

No hay virus que trabaje tanto el corazón de un hombre como la nostalgia en la ausencia. La luz de la patria chica, con su dulce tesoro de recuerdos y nobles sensaciones, es un crepúsculo que sólo se admite con dolor en la distancia. El ausente cumple su destino allí donde le ha llevado la suerte, la vocación, la profesión o el triunfo, pero siempre queda bien grabada la estampa de unos viejos rincones donde transcurrieron unos años de felicidad y al gozo de las cuales difícilmente se renuncia.

 

Incluso el que llega a ser “famoso”, tiene esa “debilidad” de buscar en el ámbito de una ciudad lejana amigos o puntos de reunión donde hurgar dulcemente en los bellos recuerdos de la niñez.

 

Hace poco he sabido que, cada mes, se reúnen en Madrid, en comida de hermandad, un puñado de linarenses, que fijaron hace poco su residencia en la capital, y lo hacen con el único fin de activar la memoria del pueblo, para tener siempre muy vivas unas imágenes inefables.

 

El ausente es un hombre que está siempre en disposición de retorno. Si no lo hace de un modo definitivo es porque la capital le ha abierto la puerta ancha del porvenir y la suerte o el destino le han cuajado ya formalmente la vida. Pero, el que se fue, tiene siempre los pies ligeros para emprender el camino de vuelta a la ciudad en que nació. Si la vida le ha asentado en otros lares, siempre hay un lugar en el corazón y resta un hueco en el que, al menos, volver por un día. Todos lo sueñan, todos lo quieren, todos -incluso- lo dicen esperando tan sólo la gran oportunidad que ha de volverlos a reunir conjuntamente, sin ninguna falta, uno al lado del otro. Los mismos que un día se sentaron en los mismos pupitres o recorrieron los campos al cálido sol de la primavera y aquellos otros que pasearon la calle principal al reclamo de la mirada limpia de la chica, bajo la quieta luz de los focos.

 

Volver, siempre volver, al menos por un día. ¿Cuál? Uno al año, el que sea. Unas veces en una fecha; otras, en cualquier otra distinta. Quizás la fiesta de la Virgen, la Semana Santa, el día de Navidad, etcétera.

 

Para empezar, el mejor sin duda ese que viene a resultar la espléndida fiesta de San Agustín, ese día que abre la gran puerta, entre farolillos de colores, fulgores de cohetes y alegre música de pasacalles, el fantástico rebrillar de la Feria.

 

Pocas cosas habría de gozar de tanta aceptación entre los linarenses ausentes  -¡y cuántos suman ya!- como un “Día del Paisano Ausente”. Cita de todos los conciudadanos repartidos por la geografía de la Patria, convocatoria ésta de una hermosa jornada de fraternidad con la alegría conjunta del recuerdo y el gozo de la hora presente, más la esperanza del porvenir. Horas de charla bajo el signo de la convivencia, recopilando fuerzas para una nueva prueba de fe en el alejamiento.

 

Pocas iniciativas llamadas a tanta popularidad como la del reencuentro de los que se alejaron y los que habitan hoy esas viejas calles por las que ellos deambularon.

 

Pero el “Día del Paisano Ausente” habría que prepararlo con meticulosidad y cariño, de forma que no quedase ni un solo nombre sin que se le cursase la fraterna invitación, una caliente invitación. No sería difícil hacerse con rapidez de un fichero amplío de emigrantes o ausentes. Si, a su vez, se hacía por combinar un conjunto de actos atrayentes y entretenidos, la reunión se pondría rápidamente en marcha y Linares, a su vez, se enriquecería de una oleada cordial, que le alegraría en lo más vivo, porque es el torrente cálido de sus propios hijos.

 

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