Resulta, de todo punto, fundamental destacar este artículo publicado por el Beato Lolo allá por el año 1954, algo más de veinte años después de lo que relata en el mismo. Y es que la verdad, dicha así, resulta verdaderamente impactante.

Que a un Vía Crucis, digamos, juvenil, llevado a cabo por las calles de Linares en aquel provocador año de 1931 siguiera lo que siguió tras la proclamación de la II República, no es más que la constatación de que Dios conoce al hombre y las consecuencias que tiene dejarlo a sus anchas y libres barbaridades.

No podemos dejar de reconocer que lo que Lolo escribe en este artículo es, digámoslo ya, una explicación más que bien hecha de lo que la barbarie humana es capaz de deparar a un mundo donde la falsedad y la mentira se endiosan de todo.

 

 

Publicado en “Cruzada”, en mayo de 1954.

 

CÓMO SE HACÍAN LAS CATEDRALES.

Si desde el primer domicilio de la Juventud, en la sacristía de San Francisco, hasta el segundo, de Peral, 29, medía apenas un año y el centenar contado de metros, hay en el afán una edificación de cinco lustros que fundamentalmente continúa inalterable. Sucede aquí como con las obras catedralicias, que se edificaban para “in saecula saeculorum”.
Con el paso de los años admira la contextura de ciertas obras, nacidas allí, de unos hombres sin apenas formación apostólica que en el apremio del combate improvisaban cosas que, como las decurias y, meses después, la obra de la Adolescencia – el Aspirantado-, cobrarían más tarde dimensión de modelo nacional, y que aún sobraran energías para forjarse en los Ejercicios, misionar la diócesis cristalizando dos nuevos Centros -Jaén y Bailén, nacidos al alba de 2931-, participar activamente en la Asamblea Nacional de Zaragoza y hacer valiente acto de presencia en las calles, frente a la confabulación del odio en medio de una hostil y desaforada campaña de prensa.
Para tener una amplitud exacta de los hechos, hay que hacerse la idea de que lo que entonces y en posteriores meses se hizo se trazaba férreamente y a un ritmo vertiginoso. Ello explica que cuando la Juventud realizó su primera manifestación religiosa en las calles, hasta personas practicantes se asombraran de una profesión externa de fe que el respeto humano y el temor habían ido atrincherando tras los muros impenetrables del hogar.

VÍA CRUCIS SOBRE EL ASFALTO.

El Viernes Santo de 1931 lo vivió España con el dolor de su propia entraña sumida en un profundo Getsemaní. Once días tan sólo y los brazos de la que evangelizara medio mundo habían de abrirse en una crucifixión que duraría ocho largos y acongojantes años. Cuando el alba estrenó sus claridades, lo hizo aquella mañana con un trémolo violáceo que difícilmente se diluiría; el mismo que a unas fechas había de clavarse en la enseña patria como un testigo fúnebre de su orfandad.

Con la rémora de un siglo liberal iconoclasta y el peso de unas elecciones adulteradas, a las que torcidamente se quiso achacar carácter plesbicitario, la profecía se adensaba y fue tomando cuerpo la tragedia. Llegaba, pues, la hora de la verdad, ese minuto amargo que clarifica los amigos de la verdad, ese minuto amargo que clarifica los amigos dejando sólo a los hombres con temple como Simón el de Cirene. Y la Juventud, que nunca tuvo acceso a las urnas, testimonió su doble filialidad a Cristo y al ser de España que acechaba tras las esquinas.

Aún no rompía la aurora cuando, escoltando al Crucificado, empezaron a salir de la parroquia largas filas de muchachos en camino fervoroso hacia el centro de la ciudad. Rodillas en tierra, de trecho en techo, con las estaciones del Vía Crucis, un canto de perdón por los mismos que después les crucificarían se hacía eco en el temblor del alba. Una tras otra, las calles revivieron las incidencias de la Redención, hasta que al fin del Vía Crucis desembocó en San Francisco, a las puertas mismas de la Casa del Pueblo. Fue entonces cuando la voz vibrante de don Emilio desgranó el último comentario, al pie de la silueta dolorosa del Cristo, que se avecinaban brillaría al fin la maravilla de un triunfo del que era prenda el cuerpo resucitado del Maestro. Después de Aquél que condenó las divisiones y sólo por amor crucificó su carne inocente; de su mandato de que nos uniéramos en caridad, allanando odios, envidias e injusticias; del gran bien de la paz; de los brazos extendidos del Señor que sufría porque soñaba con cerrarlos estrechando a la Humanidad contra su corazón.

Al concluir, la imagen de Jesús, en vuelo de amor aprisionado, se perdió tras el quicial de la iglesia. Y sin embargo, las ventanas del caserón marxista continuaron cerradas a cal y canto.

LA NOCHE DE LA REPÚBLICA.

La tarde del 14 de abril era bella, como siempre es bella la primavera, que quema eternamente el artificio de sus crepúsculos, insensible a las grandes y pequeñas minucias del teatro del mundo; pero en España se desencadenaba ya el horrible huracán de la tragedia. Estallaban las rosas como antes y los niños bullían por los patios de los Escolapios con su botón de fuego en la mejilla; pero a la salida, misteriosamente se acercó uno de ellos que había hecho novillos.
¿Sabéis?-dijo-Mañana podremos venir al Colegio. ¡Se ha proclamado la República!

¿Y eso qué es?

¿Eso?-siguió el de la noticia-. (Y empezó una de esas definiciones pueriles, que hubiera hecho reír a los padres de la flamante “Niña”, por la que desfilaba la verdad que sólo los pequeños son capaces de intuir); algo así como “policías y ladrones”, pero peor, porque ganan los malos, queman las iglesias, encarcelan a los buenos, y quieren que todos nos hagamos unos pillos.

Entretanto, en otro lugar se ultimaba la puesta en escena de la República.

La plaza que da frente al Ayuntamiento, estaba, por esas calendas, ajena a la modernización actual. Sin embargo, tenía un no sé qué de encanto al que el recuerdo concede hoy tal vez un injusta preferencia. En su mayor amplitud la cubría una extensión arenosa, a la que vulgarmente se llamaba “el paseíllo”, que tenía su círculo de naranjos y una lonja de piedra, baja y elíptica. En el centro, un jardín cuadriculado enmarcaba la estatua broncínea de Yangüas Jiménez, benefactor de la ciudad, a la que también alcanzarían salpicaduras de la “inefable” República. Dos columnas, rematadas por sendos brazos de luz, escoltaban cada una de las seis entradas del recinto que improvisadamente se utilizaba para parque y recreo infantil.

Concluía ya la tarde cuando la manifestación arribó a la verja del Municipio con la “patriótica” Marsellesa, el gorro frigio francés y esa primera fila, salida de sabe Dios dónde, de famélicos -leit motiv de las revoluciones- lisiados- tan de cartel de la internacional-, y haraganes enrolados en la sopa boba de vivir sin trabajar. Sucedió entonces que un hombrecillo fue izado a una columna y surgió el primer latiguillo y la incondicional ovación al fácil halago. Después le siguieron otro y otro, hasta que llegó el turno apenas a un figurín de veinte años, uno de esos intelectualillos que celosamente ocultaban sus años de Escolapios, y que “prometía” a la democracia. La perorata fue violenta contra todo a lo que él estaba en deuda y al final, deseando ultimarla en una frase de antología, salió de sus labios un ¡Muera la Iglesia! que fue alegremente coreado. Simultáneamente, el balcón central del Ayuntamiento se abrió para hacer la proclamación oficial. Era ya bien noche cerrada y la multitud crepitaba de odios y estigmas revolucionarios, cuando una de las astas tricolores provocó un circuito y la plaza quedó a oscuras. No es que creamos en la espontaneidad de los símbolos, pero lo cierto es que de cualquier sitio surgieron teas encendidas y la República hizo su entrada oficial atacando a la Iglesia en una atmósfera oscurantista, sin más luz que la que después se habría de utilizar para derruir los templos milenarios y con un enjambre de rengas comunistas, mandilillos masónicos y hasta frases ingenuas de algún “histórico” al que andando el tiempo había de arrollar la riada de las propias predicaciones llevadas al máximo rigor. Y es que con los hombres y las ideas sucede igual que con las aguas represadas: que la inconsciencia puede embocarlas hacia una catástrofe.

Compartir:

Etiquetas:
Accesibilidad