Publicado en el Diario «Jaén», el 28 de febrero de 1964

Un impresionante testimonio de amor en un libro ágil y directo.

 

Si tenéis a mano papel y lápiz, tomad nota de este título: ‘Tom Dooley tiene una cita con la muerte’. Y de este nombre: Alejandro Fernández Pombo. A mí, las dos cosas me han llegado juntas en forma de un libro que es como si le agarraran a uno por las solapas para removerle por proyectos medio dormidos. Si queréis oír un repique por dentro, si vais notando que las horas se empobrecen, si sentís hambre o sed, si os duelen las tinieblas, si os quema la inactividad, si os abruma el peso de unas alas recogidas, abridle un hueco en la mesita de noche y hojead mucho este flamante libro que ya adelanta en su portada esa flor de sonrisa en la vida del Joven, ardiente y abnegado médico y apóstol norteamericano, Tom Dooley.

 

Ahora que escribo Tom y digo ‘flor’ me acuerdo de lo que he visto caber con las rosas cuando las cortan a punto, que las meten en un búcaro con agua y le echan una pastilla de aspirina para que den fragancia y  belleza a ritmo intenso. Tom Dooley fue todo eso que supone un ancho ciclo de juventud recapitulada en una fecunda primavera de siete años. Su colosal actividad, metida en los treinta y en cuanto que cumplió la víspera de su muerte, van el hilo de esa música de cabalgata que impone la prisa de hoy y el ansia de rendir toda su potencia de amor. Se diría que ya desde el comienzo y hubo un presentimiento de muerte prematura, por la urgencia que puso en tributar cosecha y los recursos que la creó la inteligencia para meter el fruto de varias generaciones en ese espacio de tiempo que va desde el primer cigarrillo hasta el momento de acercarse al altar para darle el brazo a una mujer.

 

Tom vivió a uña de caballo, tan arrebatada y efímeramente que sus cosas hay que proyectarlas con la cámara lenta de la meditación para que no se escape ni un ápice de su estupenda lección de entrega a Dios en el servicio de los hermanos. Fernández Pombo nos recuerda la frase que el propio cardenal Spellman dijo al borde del lecho de agonía de Tom: ‘Puedo asegurarle que usted ha hecho en treinta y cuatro años mucho más que lo que la mayoría de los hombres hacen en el tiempo que les es concedido por la Providencia’.

 

A la hermosa flor de su juventud, Tom le arrancó toda su capacidad de abnegación acrecentándola con la aspirina de la generosidad. Murió tan joven y se entregó tan avasalladoramente que apenas si dio tiempo a cualquier tentación de egoísmo  o de cansancio. Uno se pone a leer la vida de Tom  y nota como si se hubiera metido dentro de un glorioso y crepitente huracán de servidumbre de fe y de esperanza. La verdad, es que después de haber conocido a un hombre así y de haber leído un libro de esa manera, parece como si la tiraran a uno de las rodillas para dar gracias por la inmensa capacidad de proyección que Dios ha puesto en los hombres.

 

Es curioso que a la hora de interesar en la lectura de la vida de Tom, uno se da cuenta que es un arquetipo para todas las actividades y para todos los momentos de cualquiera de sus criaturas, si se piensa en los hombres activos que se alza esta figura que pespunteaba de caridad la tierra a golpe de vuelo de avión, a punta de centenares de conferencias, miles y miles de cartas dictadas dolorosamente, a vida íntima que se presta a las cámaras de televisión para que los espectadores se arranquen hacia la caridad. Si, por el contrario, hay que meter a Tom en los estrechos límites de la habitación donde sufre una criatura, allí está él, con el corselete que le contiene el cáncer del pecho para que siga en la fiel andadura de los niños que mueren de hambre y de los miles de seres a los que la guerra hizo huir como moscas espantadas.

 

Veintiséis años tenía Tom Dooley cuando, al regresar de Indochina, publica su libro ‘Líbranos del mal’. ‘solo es un año más tarde recuerda Fernández Pombo—la médico (el movimiento de ayuda por el creado) actuaba ya en 13 países, contaba con 64 médicos, 17 enfermeros graduados y 30 técnicos’. A su muerte, seis años más tarde, cubría ya Kenia, Afganistán, Marruecos, Camboya, Laos, Malaya, Haití, Jordania, Gabón, Perú, etc. ¿Cómo explicar ese carrusel de amor que hay en las horas y en los minutos de Tom? El mismo dejó su propia clave: ‘En realidad, no tengo tiempo para pensar lo que voy a hacer sino para hacerlo. Me digo: si tienes un año o cinco por delante, lo mejor es que te des prisa’. Con todo, más maravilloso aún es el testimonio del sufrimiento de Dooley. ‘como médico sé que el melanoma es más fulminante que todos los cánceres y a pesar de eso me siento extrañamente tranquilo. Estoy en las manos de Dios. Millares de personas me conocen, están pendientes de lo que hago. Lo de menos es que yo tenga un cáncer, lo importante es que yo me comporto con ese cáncer’.

 

Viendo a Tom doblegando los terribles dolores del cáncer apenas quince días antes de su muerte para poder volar de un hospital a otro de la selva, no es posible habitar el rubor de nuestras gripes o nuestros dolores articulares o muelas en el lecho. ‘sé que podría vivir unos años si permaneciese sin moverme en la cama de un  hospital; pero eso no es vivir, es vegetar’.

La vida de Tom pudo ser la de un héroe místico si no fuese algo mucho mejor: el testimonio de un hombre de nuestro tiempo que avala en esperanza a la civilización que ha sabido enmarcarle. Es aquí donde hay que hablar en ese otro apasionante servicio que nos ha hecho el autor de la vida de Tom Dooley. Fernández Pombo es un hombre que se ocupa en acechar la huella de Dios entre los teletipos. Director de la Agencia Prensa Asociada, redactor de ‘Ya’ saturado brillantemente de juventud y de generosidad en la dirección del periódico juvenil ‘Signo’, tuvo el certero instinto de ir siguiendo en vida las andanzas y las vicisitudes de Dooley. Sus aciertos parten de aquí. Luego viene su modo tan actual y tan palpitante de darnos una vida, Tom nos entra por los ojos como algo latente y real y no como esas mariposas pinchadas que hay en las viejas biografías. Le apasionó tanto la vida de su héroe, tuvo tanta prisa por ofrecernos su coyuntura de siembra que nos lo mete en el corazón en las primeras páginas y ya nos enrola en su entusiasmo. Se ‘entra’ tan pronto en la vida del joven americano que el lector apenas si se da cuenta de la mano que lo conduce, acortar distancias, zambullir al que lee en el clima de los sucesos, vivir así tan a lo vivo las peripecias de una ejemplaridad tan impresionante constituyen un milagro de sensaciones que solo pueda hacer la maestría de un profesional pasada por el corazón de un apóstol.

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