Siempre atento a lo que pasa en el mundo, el Beato Lolo no podía perder el hilo de aquellas invenciones que recaían sobre aspectos tan importantes como la banca, el periodismo o la simple administración de las cosas.

Se sorprende Lolo de todo lo que se da cuenta que el ser humano está haciendo para hacer, digamos, mejor su vida. Y es que los avances de los que nos habla en este artículo tienen todo que ver con el facilitar el trabajo diario de millones de personas en todo el mundo.

Es cierto que leyendo este artículo nos damos cuenta de que en aquel tiempo todo aquello era nuevo y que causaba una impresión bien merecida (como que una máquina pudiese componer música, por ejemplo) Pero, a la vez, debemos agradecer que hubiera quien, como Manuel Lozano Garrido, fuera testigo de aquel nacer de lo que hoy es ordinario y común y, claro, más avanzado.

 

 

Publicado en Cruzada y en Cara y Cruz.

 

Un hombre del prestigio de nuestro López Ibor ha dicho que “el acontecimiento más decisivo en la historia moderna no es la explosión de la bomba atómica, sino la construcción de la primera máquina calculadora”. Desde que los primeros ingenieros empezaron a dar testimonio de sus inmensas posibilidades, extraña es la actividad humana que no se nutre de estos beneficios. Su campo es tan extenso como den de sí la presencia de un sentido matemático. Y como en la vida hay tantos hechos que siguen una norma y actúan al hilo de una pauta constante, el automatismo entra y posibilita zonas que a nosotros nos sorprenden por lo insospechadas. Ni siquiera el hombre ha podido sustraerse a esta ayuda que le tiende la mano de la técnica. Las leyes mecánicas están tan entrelazadas en nuestra naturaleza que se hace necesario abrir las puertas a este utilitarismo que viene a enriquecernos en las actividades, al descargarnos de unas funciones que roban tiempo y atención.

Raro es el día que no anuncia la Prensa alguna nueva conquista mecánica. La verdad es que el pasmo está justificado cuando se ve invadida la propia interioridad del hombre. Y es que hasta las mismas funciones intelectuales son entrecruzadas por unas leyes en las que la máquina tiene y reclama su lugar.

No hay rama de la ciencia, de la economía o de la industria que no se nutra ya con la ventaja de los cerebros electrónicos. Pormenorizar detalles sería punto menos que imposible. Por eso hemos preferido traer hoy aquí sólo aquellas conquistas que tienen una más directa relación con las funciones espirituales del hombre.

FALSIFICACIÓN DE LENGUAJE

¿Hay algo más insustancial que la cháchara de dos mujeres que se despiden a la puerta? Y, sin embargo; desde ahora habrá que concederles nuestro respeto. La escuela de ingenieros de Aschen está comprobando la existencia de leyes matemáticas en el lenguaje. Aunque el informe definitivo aún queda por emitir, la Escuela está en condiciones de confirmar la existencia de tales leyes. Eso sí, insiste en una recomendación: hablamos muy mal, desperdiciando palabras, y no sería difícil estudiar y llevar a la práctica una expresión más racional, basada en la economía del lenguaje. Lo que en cierto modo viene a decir que es verdad parte de ese bla-bla-bla inútil de la palabrería de café.

Otra universidad, la de Columbia, ha puesto una lupa de Sherlok Holmes nada menos que sobre el texto de la “Iliada”. Se intenta averiguar su autenticidad por el ritmo interno de la composición y si fueron una o varias las personas que la escribieron. 15.693 versos son “calados” y desmenuzados en sus modalidades estilísticas y cualquier falsificación sería descubierta de inmediato. Dando por buena la posibilidad de que un sabio pudiera realizar solo esta tarea, se calcula que emplearía toda una vida en lo que la máquina habría de hacer sencillamente en unos meses.

LAS MÁQUINAS HABLAN

La banca, ese gigante de ventanillas y consejos que devora números y liquidaciones a diario, ha sido la primera en beneficiarse de la rapidez y el horizonte calculador de las máquinas. Ya es rarísimo el complejo bancario que no se ayuda de la electrónica. Las razones de carestía no son suficientes cuando existen máquinas centralizadas que prestan sus servicios por horas, como cualquier asistenta domiciliaria. En Alemania, por ejemplo, funciona uno de los instrumentos más originales y maravillosos que, por añadidura, da facilidades de arriendo en sus prestaciones. Sus características son las siguientes: suma 2.500 números de 12 cifras en un segundo y escribe 600 renglones de 130 signos en un minuto. Para la refrigeración utiliza 600 litros de agua.

En Hamburgo existe otro cerebro que resume con doce meses de anticipación las mareas de todos los puertos del mundo. La operación supones el cálculo de una ecuación de 200 incógnitas.

Incluso los cerebros electrónicos se han perfeccionado en reducción de tamaño hasta llegar al tipo de carácter familiar. El “teleprocessing”, por ejemplo, tiene idénticas medidas de una antigua máquina calculadora. Está integrado por dos elementos: el “cerebro” propiamente dicho y un sistema automático de comunicaciones que recoge información de los departamentos por medio de fichas perforadas, las transmite, las clasifica y las resuelve sin ayuda del hombre.

No obstante, hay que reconocer que hasta ahora, para su funcionamiento, la máquina había tenido que usar un lenguaje específico, que resultaba indescifrable al profano. Tales signos convencionales suponían la ventaja de que entorpecían la marcha habitual de los bancos. Sabido es que los “truts” de gran movimiento mercantil movilizan a diario una inmensa cantidad de cheques y datos técnicos que en poco tiempo han de ser descentralizados, anotados, corregidos y devueltos rápidamente a las sucursales. La no existencia de un lenguaje común entre el hombre y la máquina embotellaba el pulso de las operaciones. Ahora, la evolución es distinta. Con la ayuda de una cinta magnética se ha llegado a imprimir en los documentos unos signos que son interpretados simultáneamente por la criatura y la máquina. Los números que nosotros vemos son los mismos que nuestra escuela de párvulos, pero también la máquina los va leyendo a su modo. El estampado de cada número se basa en una composición de siete líneas verticales y paralelas. Entre cada una existen distancias que varían entre las tres y las cinco décimas de milímetro. Permutadas estas separaciones, la máquina ya “entiende” las cantidades. Casi dos millones de documentos circulan ahora bajo el signo de esta alianza de lenguaje en la que pueden participar también las simples personas que reciben un aviso de giro a domicilio. El hombre y la máquina, al fin, hablan.

UNA MÚSICA DE BRONCE

El lenguaje nos lleva también a escribir de las relaciones que la técnica entabla por fin con la más alta función soberana del hombre: la de crear. Es ya un hecho el “cerebro” que corrige automáticamente todos los errores de ortografía y sintaxis. La secretaria mecánica está, pues, a la orden del día, con la ventaja de no perder tiempo en la manicura.

Pero donde tal vez la impresión sea más sorprendente, por inesperada, es en el campo de la composición musical, dentro de la llamada música algorítmica. Aquí sí que la máquina participa de un modo inusitado. El punto de partida es la sustitución de la escritura musical corriente por otra digital, en la que las diez cifras, con el añadido de la V y la M, remplazan a los doce tonos de la gama musical. La escala correspondiente se anota con un número que forma la columna de las decenas. A su vez la relación de las notas está expresada por cierta cantidad de puntos que se colocan a la derecha del número que da el tono, o sea, el de la columna de las unidades. Para los silencios basta con la letra P.

Lo inesperado está en el campo de las combinaciones polifónicas. Se consiguen dándole al calculador, en forma cifrada, las notas fundamentales del tema y desarrollando a continuación una serie de operaciones aritméticas. Así, mediante la suma constante de cierta nota, se entra en una nueva escala. Lo mismo ocurre con la resta y con la multiplicación.

A la alteración de los ritmos se llega imprimiéndole a cada nota la duración de los múltiplos de un tiempo elemental, supeditado todo también a leyes matemáticas. El trabajo del compositor se resume en marcar la pauta temática y en ir fijando la serie de operaciones a desarrollar. Por último, debe cribar y seleccionar todo el material que le suministra la máquina, hasta quedarse con la melodía de su interés. La música tonal se logra prescindiendo de los sonidos no fundamentales.

PERIÓDICOS QUE VUELAN

Si la creación artística y literaria es una comunicación, concretamente es en el campo de las relaciones donde la máquina está mostrando de preferencia su eficacia. En Correos se ultima un distribuidor automático de correspondencia y en la ciudad de Hamburgo se mantiene comunicación instantánea e independiente con otras cien mil poblaciones de Alemania. A la par, desde la simple butaca de una sala de ferrocarril se manipulan cómodamente 600 agujas de señales, que regulan al día el paso de 1.250 trenes de viajeros y otros 3.00 de mercancías.

Con todo, la sorpresa llega del campo del periodismo. La conquista se llama “teletypesetter” y la ha puesto en marcha nada menos que el “New York Times”. Simultáneamente a la composición de sus talleres, cierta máquina va perforando una cinta que por medio de impulsos eléctricos transmite las galeradas a los talleres de Europa. En París, un sistema mecánico de recepción acusa y reproduce en linotipia automática las mismas informaciones. De este modo, el “New York Times” no sólo ha conseguido una edición simultánea para Europa y América, sino que, por la diferencia horaria, la edición europea será repartida con varias horas de anticipación sobre la americana. París será a su vez la plataforma para el reparto a África en aviones.

El periódico, amenazado de muerte hasta ahora por el “telefacsímil”, el diario impreso metido en casa mediante la radio, vuelve por su vieja jerarquía de papel y letra impresa, y la máquina, una vez más, cumple su alta función educativa y civilizadora.

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