Cuando uno lee el título de este artículo es casi seguro, a nosotros nos pasó, que antes de leer el contenido del mismo nos dé por pensar que va a hablar de un laico que supo cumplir con su misión cristiana de ayudar al prójimo.

Sin embargo, Manuel Lozano Garrido nos habla de un sacerdote que, cuando llegó al pueblo al que lo habían destinado, se encontró con un panorama catastrófico para los vecinos que, con sus labores diarias, apenas les alcanzaba para vivir malamente.

Según aquí leemos, la labor que llevó a cabo don Casto Polo, cura de pueblo (nunca mejor dicho) fue tan importante en beneficio de sus vecinos que cuando tuvo que marcharse para cuidar un poco su salud, allí quedó todo atado y bien atado en bien de todos los que fueron sus parroquianos.

Arriba algunos alumnos del colegio de Torres del Carrizal.

 

Publicado en la revista Vida Nueva, el 1 de enero de 1955

 

Torres de Carrizal, a diecisiete kilómetros de Zamora, es un macizo de casitas pardas que, bajo el azul sereno de Castilla, arracima su enjambre en torno a la espadaña secular.

Yuntas y trigales, Torres, con su breve millar de almas, vivió siempre la incierta existencia de las “tierras de pan llevar”. Cuando en 1.912 llegó hasta los muros huérfanos de su templo la figura del nuevo párroco, D. Casto Polo, halló un tétrico cuadro de privaciones, sobre el que extremaba su charco la serpiente de la usura. La vida parroquial impuso desde entonces un ritmo nuevo, una norma de aproximación espiritual, pero el campo continuó con su irredentismo y el esfuerzo de sol a sol, sin posible compensación, de sus criaturas. Angustiados, sin otra defensa que el músculo tenso sobre el arado, abusos, préstamos e hipotecas iban corroyendo los pequeños patrimonios ante la desesperación de los labradores y la impotencia del hombre que regía sus destinos espirituales. El grano que germinaba entre hielos y espaldas curvadas, la planta y el frutal con su sed calmada por extenuantes sondeos, fatigas, sudores y lágrimas se derrumbaban estériles a la hora de la cosecha por el aluvión de prestamistas y logreros.

Cada noche, cuando un crepitar de estrellas relevaba al campesino sobre los surcos, una reiteración de desventuras, para las que sólo cabía el desconsolador y estéril “¡qué se le va a hacer; paciencia!” cruzaba el zaguán de la casa rectoral.

Y así alba tras alba, pesimismo tras pesimismo, durante cuatro años, sin otro horizonte que la perpetuación de un cuadro legado de abuelos a hijos y de éstos a nietos. Hasta que una mañana…

CARTA DE VALLADOLID

Se la entregó el pedáneo y la rasgó por curiosidad. Luego la leyó y retuvo la invitación que se le hacía. Por último deletreó lentamente la octavilla que le adjuntaba su amigo:

“Gran mitin de la confederación Católica Agraria. Intervendrán los dos apóstoles de la sindicación obrera: P. Sisinio Nevares, S. I., y Antonio Monedero.

¡Labrador!: Acude y aprenderás a defender tus derechos dentro de una agrupación cristiana.”

El Padre Nevares y Monedero eran dos figuras que, subyugados por la briosa perspectiva que abrían las enseñanzas pontificias, se habían dado a un vastísimo movimiento de sindicación obrera. Ellos engrosaron la actividad de la Confederación Agraria, que en 1919, llegó a contar seiscientos mil afiliados.

A Valladolid fue, pues, el párroco de Carrizal y el contacto con los dos líderes cristianos le proporcionó ideas e impresiones base para fraguarles una solución a los hombres del pueblo. Ante todo había que llegar a su unidad, cristalizando una poderosa agrupación de lo que sólo eran individualidades vulnerables. Se imponía que, frecuentándose, llegaran a conocerse; que se estrecharan para comunicarse el mutuo aliento y la común esperanza. Y así surgió, en el viejo solar anejo a la parroquia, el Sindicato Católico de Torres, auténtico hogar del trabajador modelado por manos obreras.

Saturado de un realismo constructivo, una por una el sacerdote fue analizando las circunstancias obreras hasta hallarle su viabilidad. Así contra la usura, y para facilitar de paso el acceso a la propiedad, nació la “Caja de Ahorros y Préstamos”, que él fomentó, extendiendo a cada niño nacido una cartilla que engrosaba con los derechos de estola. Para facilitar, sin intermediarios, a precio de fábrica, grano, abonos, y útiles de labor nació la “Cooperativa de Compras”. La otra, de “Consumo”, logró un abaratamiento acusado en todo el material de utilización, incluso doméstica. A estas conquistas siguieron las del “Seguro de Cosechas, Ganados y Fincas”, el de “Enfermedad”, con subsidios abonables al cuarto día de padecimiento, incluyendo hasta derecho a sepelio, y el de “Vejez”. En consecuencia, seis instituciones de previsión de una importancia fundamental, aumentada por la anticipación en casi medio siglo a la actual legislación social. Por si faltara poco, su clarividencia le llevó a subvenir a las necesidades recreativas y culturales con un “Círculo Católico” que añadía biblioteca, cine, teatro, etc.

EL ARTÍFICE AHORA

Treinta años, los mejores de su vida, los consumió D. Casto Polo en un empeño que impuso su tributo: el agotamiento y una enfermedad que exigía la templanza del clima andaluz. Con serena conformidad, atrás quedó Torres del Carrizal, ya sin problemas, con un buen grupo de nuevos propietarios y el mejor Sindicato de la Federación zamorana.

Ahora, con sus setenta y siete años virilmente sobre la espalda, en la vida de don Casto hay también volteo de campanas. Cada mañana, cuando ellas repican, los pasillos de la residencia andaluza se pueblan de un rumor de toquillas y el lento rodar de pies ancianos. Allí, en el remanso de paz que es un asilo, como Capellán, ha cumplido sus Bodas de Oro sacerdotales un intuitivo de nuestra hora: el hombre que con su experiencia avala la vuelta a Cristo del mundo que trabajo.

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