Publicado en el Diario «Jaén», en 1966

 

Se cumplen ahora tres años de la muerte de Juan Martínez de Úbeda, el poeta de la voz siempre en vuelo, que -porque fue consecuente- encaramó también su corazón con gallardía a la hora de la verdad. En aquel día, y por circunstancias imponderables, mi pequeña palabra no estuvo en la rueda cordial de un fraterno homenaje, pero mi corazón sí. Algo de lo que pensé entonces, incluso lo que escribí, lo traigo a estas columnas como un sencillo testimonio de mi veneración por el poeta y el hombre, por el amigo de todos los que le rodeaban.

 

Mi amigo, el poeta, ha muerto. Ha sido todo tan mágico y redondo como en un florilegio de Berceo. El tiempo, el otoño; la tarde, dorada; la hora, el crepúsculo. Yo estaba en la terraza, bajo la cúpula serena de cara al fulgor naranja del sol en el ocaso. Todas las tardes rezan cuando mueren. Pero en las de otoño, su oración sabe a ofrenda, y dulces palabras de salve. Lo que más recuerdo de esa hora es un escándalo de golondrinas y algo así como si sobre nosotros hubiera dos manos invisibles, con las palmas hacia arriba, donde se supo fatigosamente el alma del poeta, para después dar al viento su vuelo sencillo.

 

El poeta tenía una garganta que era como un ángel que habitara en la caja de un violín. Le nacían palabras le brotaban frases que tenían un dios trazado en todas ellas. Su acento era siempre dulce y tierno y así le cuajó también espontáneamente en el verso una imagen de Virgen pura. Rezaba rosarios a golpes de sonetos. Era un humilde hombre de oficina, que toma café, lee el periódico y repasa las lecciones a los hijos. Montaba en autobús, firmaba en el registro, tecleaba en la máquina, pero el don de adivino que tienen los poetas le hacía ver el hondo y brillante misterio que se esconde en el fondo de las cosas. Era como un cisne, vestido de espiguilla o gris marengo. Su oración, vino a cerrarse, como es natural, un día de octubre a la caída del sol que viste de rojo –amor-, y el calendario se encargó de decir, simplemente, que era el día de la Virgen del Rosario.

 

Hace un año, el poeta se puso un día a escribir y dijo: “Hoy se hace más necesario que nunca situarse ante la Cruz, crucificarse y estarse en ella con los ojos puestos en el cielo”. Esto, se escribe en un papel y hace bonito pero lo bueno es que el poeta tenía ya un pájaro herido en la garganta. Los doctores dijeron que cáncer y él lo leía también así en muchos libros de medicina que tuvo que usar para ir configurando su dolencia, pero él supo que era sólo una llaga que la había puesto un ángel en ese sitio tan radical que es como el costado de los poetas. La palabra se le hizo entonces difícil, quebrada, casi fallida, como el andar de un caminante fatigado, pero el ruiseñor, entonces, descendió hasta lo hondo y donde le hizo el nido fue en medio del corazón. Así, en silencio, el poeta entonó ya sus mejores canciones, sus dolorosas, que no dolientes, y vivas canciones. Ahora escribía poemas con quejas retenidas, con pesadumbres soslayadas, con alegrías  aceptantes.

 

¡Oh, qué escándalo, la garganta rota del poeta, quebrada en cuerdas, como golpeada bruscamente con un alfanje! ¿Qué dedo estaba hurgando en aquel meollo de su vida? Fue una pregunta que no se la hizo. Le bastaba saber que también era el de un ángel, aunque su yema se le manchara de sangre. El poeta, lo que dijo, lo poco que aún pudo decir de propia mano, fue algo como de un afán y un presentimiento en común. Lo tituló así: “El último día” y ahora he recordado esta frase:

 

“Ese día

tendré sobre los ojos los colores

de las rosas…

Ese día

querré dormir en Dios y poco a poco

despertar en Su aire y en Su reino.

Ese día

quisiera responder: “ ‘Hermano, vuelo

con las alas de un ángel esperado’ ”.

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