Si hay un ejemplo que demuestre que la capacidad del Beato Lolo de escribir sobre un tema y llevarlo al terreno espiritual este es, precisamente, el artículo que hoy traemos a esta casa.

Partiendo del descubrimiento de una estrella, Manuel Lozano Garrido hace uso de su grácil verbo para hacernos ver que nosotros también tenemos una gran estrella que mirar que no es otra que Dios mismo: allí, en el Cielo, es el faro que ilumina nuestro camino hacia Él.

Y sí, lo mismo que una estrella, allí en la distancia, muy pequeña se ve, nosotros también somos, eso, pequeños, pero tenemos en el corazón una fuerza dada por Dios que es inmensamente grande. Darlo es, así, muestra de Su poder.

 

 

Publicado en “Enfermos misioneres”, en diciembre de 1967.

 

TOKIO, 2.- “Astrónomos japoneses anunciaron el descubrimiento de una estrella nueva denominada “Extar”; cuerpo celeste próximo a la constelación Escorpión. La Estella “posee rayos ultravioleta extraordinariamente intensos” que indican que es completamente diferente a las demás”.- EFE.

Ningún maestro podrá dar nunca una idea tan exacta de lo infinito de la numeración como un cuarto de hora con la nuca apoyada sobre el respaldo de una silla. ¡La de estrellas que tachonan el firmamento de una madrugada! Las hay pequeñas y distantes, que parpadean débilmente como las escamas de un humilde pescadito; redondas y hermosas, de gran valor intermitente, como un rubí bajo una araña de cristal; quietas y frías, así como las mariposas disecadas, o cimbreantes y veloces, corre que te corre, como blancos corceles de un prado de ensueño. ¡Cuántas estrellas, siempre expuestas y fijas sobre nosotros, en generosa invitación, como un fruto que sella a la mano del caminante! La de criaturas que somos y, con todo, no existe un día sin un puñado de estrellas sobrantes en el reparto de cada amanecer. Unos, seremos pobres, y otros, ricos; mas nadie lo suficientemente afortunado para poseer el mundo entero, o tan indigente que no disponga de algún resplandor.

-“¡Si a mí me tocase un lucero! ¿Si pudiera acariciarlo tan sólo!”.

-“¡Bah. Las estrellas! ¡Están tan lejos!”.

Porque no las deseamos, porque no las buscamos. ¿Tienen límite los sueños? ¿Se agotan las nobles ambiciones?¿Pudiera hacerse imposible el destino de un hombre?

Las estrellas son como un hermoso, bueno, constante prefacio del futuro que empieza con nosotros. No somos todavía más que un granito de trigo y ya una luz clara nos va sorbiendo la vida desde el horizonte. Cualquier día de los que vengan traerá consigo una niebla y otro su toldo de lluvias, pero el faro de nuestra misión parpadea siempre desde el mismo lugar, alto, brillante, prometedor. Es la duda la que pone las distancias. Nada hay tan próximo como nuestra propia personalidad ni tan lejano como un “yo” en el que no se confía.
-“Yo llevo tres contabilidades y el humo de los autobuses no me deja ver nunca lo que hay por encima de mi cabeza”.

El cielo, tan amplio y tan múltiple, es, a la par, tan asequible que cabe dentro de un corazón. Basta con cerrar los ojos y repasar el sentido de nuestra vida para notar toda el alma generosamente acribillada de luceros. Si somos leales a nuestra suerte, si seguimos los impulsos sinceros del corazón, si encaramamos la luz del sentimiento sobre las zancadillas del camino, sí que se puede decir que estamos enriquecidos de astros. La vocación es una estrella; otras, el don de nosotros mismos, la fe en los que nos rodean o nuestro sentido de aportación a la pequeña o grande historia del mundo. La más hermosa de todas, el Amor. Nos damos tan sólo un segundo y por nuestra alma cruza esplendoroso todo el cometa Halley.
Y es que las estrellas son el lenguaje de Dios, su maravillosa expresión, su abierta comunicación, parecen lágrimas, y en verdad que lo son, pero felices, alegres y dulces lágrimas de amos del Dios que nos crea. A Él no le vemos, no le tocamos, no lo sentimos; pero su palpitación sí que está bien visible, por encima de nuestra frente. En realidad, las estrellas no son más que un leve fanal en transparencia del Dios que nos hizo a su semejanza y nos protege. La embriaguez o el escalofrío que sentimos contemplándolas es como el mágico roce en el corazón de la figura de nuestros sueños. Las mínimas chinchetas fosforescentes que ellas parecen, dicen de Dios o llaman más al corazón que un anuncio por palabras o cualquier “bocadillo” de la guía comercial.

Con razón decía Papini que “toda estrella grande que se mueve de noche puede ser la que nos enseña la casa donde nace un hijo de Dios”.

Si quedamos en que sobre nosotros hay millones de espejos que nos dan una misma y gloriosa imagen, también está nuestra personalidad grabada a fuego blanco sobre el infinito. Nuestra fisonomía permanecerá sobre una tarjeta de identidad, pero el auténtico carácter lo da la confluencia de esas gracias latentes en el alma que se llaman vocación, ideales, preferencias, gustos y sueños. Desde que revoloteamos (en niño) por las plazoletas y jardines, lo hacemos al aire de un aleteo interior que es inmortal. A veces se llama vocación y es tan personal que, como los sabios japoneses, uno distingue claramente la singularidad de su llamamiento; otros, destino; muchos, deberes; siempre, nostalgia de eternidad. La de cada hombre tiene sus rasgos, su propio perfil, su inconfundible llamamiento; es ésa y sólo ésa la que nos empuja, nos sorbe y nos purifica. Es como un capullito de rosa que se nos hincha dentro y duele, queriendo reventar. Sólo se hará flor después de nosotros, más allá de nuestros días, pero aquí mismo nos basta con la esperanza que es y con la menuda gloria que garantiza. Para cada uno de ellos parece haber sido escrita aquella frase del Apocalipsis”: “Le daré una piedrecilla blanca y sobre la piedrecilla escribiré un nombre nuevo, que nadie sabe sino el que lo recibe”.
¡Lejos! ¿Qué está lejos verdaderamente?

¿Permanecerán Dios y el hombre entrecomillando el fulgor de las cosas creadas? Miles de años necesita la técnica para alcanzar un lucero, pero un suspiro es mucho tiempo que tardar para ponerse en contacto con Dios. Hondo…, nuestro corazón; ése si que tiene abismos infinitos. Péguy ponía en labios de Dios esta frase: “El corazón del hombre es tan profundo que es impenetrable a toda mirada excepto a la mía”. Evidentemente pequeños, sin embargo somos grandes por la capacidad de amor y las posibilidades que damos a Dios de poseerlo. Es así por lo que no hace falta ver por fuera a un Dios que ya hace nido dentro de nosotros y por lo que se puede llamar Cielo a toda esa gigantesca gloria que cabe en un simple rincón del pecho, pero cada amanecer lo hemos de alumbrar con la lente bien limpia del telescopio del corazón. Sólo así podremos perfilar en su momento el sendero de nuestra estrella.

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