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En los años previos al Concilio Vaticano II donde tanto cambió en la Iglesia Católica ya había quien se creía en la necesidad de hacer algo que pudiese ser bien considerado en la celebración de la Santa Misa. Y Lolo nos trae la experiencia de una comunidad eclesial que no es otra que la de Saint Severin, en Paris.

Es cierto y verdad que lo que dice nuestro linarense universal pudiera parecer, en determinados casos, irreverente. Así, tomar la comunión no de rodillas era algo que podía considerarse revolucionario en aquellos años. Pero Lolo lo explica y lo explica muy bien.

Por otra parte, no podemos negar que las actividades llevadas a cabo por la citada comunidad eclesial, en aquellos años finales de la década de los 50 del siglo pasado, eran algo atrevidas pero, como hemos visto por lo que pasó después, eran, seguramente, unas adelantadas a su tiempo.

 

 

Publicado en “Cruzada”, en marzo-abril de 1956.

 

La Comunidad Cristiana de Saint Severin

– ¿Has visto qué bien está la parroquia de Santa María? Así da gusto. Apenas entras y ya en el atrio tienes el horario de todas las misas y quienes las dicen y predican. Luego unos timbres te facilitan el confesor, la Comunión o el asunto que necesites. Ahora se habla de un Cine-Club que formará y divertirá honestamente.

– Yo, lo sabes, soy de San Francisco. Allí también hay un ambiente acogedor. Ahora, por ejemplo, han colocado un moderno anaquel con las publicaciones de P.P.C. y se quiere extender a toda la prensa Católica. ¡Si tú vieras las misas parroquiales que cantamos todos…!

Por fortuna, este diálogo, que no es sino consecuencia de una revisión del espíritu parroquial, de la vuelta a su más puro origen comunitario, empieza a hacerse usual en muchas feligresías. Tal vez cuando pasen los años puedan imputarse a nuestro tiempo dos grandes revalorizaciones: la del concepto familiar que alienta en la raíz de la parroquia y la del profundo simbolismo de las ceremonias. Hoy, la parroquia vuelve a ser el hogar común para ese núcleo que fraterniza en el mismo ideal y por cuyas venas corre la sangre trasvasada de la fuente eucarística.

Resulta, pues, natural, la tendencia de este espíritu comunitario a la aglutinación y que para alcanzarla surjan continuas iniciativas que en su móvil de caridad tienen la garantía del éxito.

En España y en Misiones

Así, en España, citaríamos interesantes experiencias de comunidad y práctica sacerdotal que se llevan a cabo. Curas de almas hay que han sentido acentuarse su fortaleza con una simple vida en común, dentro de las posibilidades parroquiales. Otros de una comarca han distribuido entre sí tareas con miras a la especialización y cuando, por ejemplo, han hecho falta unas conferencias prematrimoniales, cierta dirección espiritual o la puesta en marcha de una “Cáritas” ha sido el especialista el que se ha desplazado, con las ventajas de sus conocimientos y de disponibilidad de un nuevo sacerdote.

Hasta los distritos misionales rivalizan por el bien común. Cierta feligresía centroamericana se ha comprometido en una cuota que satisface las más perentorias necesidades. Con su garantía, el Prelado ha dado paso a una parroquia modelo, con su comunidad femenina para enseñanza y beneficencia, con sacerdotes que se consagran, unos a la avanzadilla misional, otros a unos servicios parroquiales que así han podido soslayar el forzado recurso de los estipendios.

Extendiéndonos podíamos llegar a la conclusión de que el mundo fructifica en iniciativas que llevan el aroma de Cristo hasta un punto más del horizonte. Se diría que se hace difícil la distinción, Y sin embargo, ha sido el matiz especial de ofrenda común, de corporización mística de la Iglesia en el culto la que nos ha hecho detenernos en la experiencia litúrgica que en pleno corazón de París lleva a cabo la Comunidad Cristiana de Saint Severin.

El Cardenal Suhard y la Sorbona

Entre los atractivos que han dado a París su encanto luminoso cuenta la gracia arborescente de los bulevares. Sobre el de Saint Michel, con sus librerías de viejo y su deambular joven, la vieja Sorbona escancia la jubilosa corriente de sus universitarios.

Pero la antigua casa fue sede de muchas y no siempre rectas inquietudes, razón para una atenta preocupación de la Jerarquía. Consecuencia del celo del Cardenal Suhard, fue en 1948 la Incorporación a la iglesia de Saint Severin de un selecto grupo de sacerdotes parroquiales a los que se encomendó la conquista de su ámbito y, sobre todo, del educativo.

Como primera providencia, el núcleo se enlazó en un hogar común, constituyéndose en equipo para el estudio de la problemática y el planteamiento de las soluciones. Se hizo patente entonces el deseo de simple contacto o comunicación entre los distanciados y la atracción sobre ellos del simbolismo que empapa la liturgia cristiana, mayor aún cuanto más se extremaba la pureza del culto. La fórmula para ambas aspiraciones se dio en algo que era como el hallazgo de un nuevo mediterráneo: La Misa.

Externamente, la ceremonia eucarística es una conjunción de actos embebidos de hondo y trascendental significado. Pero la belleza del rito queda superada por su realidad sustancial: la inmolación del mismo Dios en el corazón humano y, por su presencia y la transformación operante de su Carne y Sangre, la unión real, sin metáforas, de todos los participantes.

Para mayor claridad, el equipo de Saint Severin ahondó en los orígenes del rito, restaurando las partes sacrificiales en toda su ingenua y primitiva belleza. Veamos, parcialmente, alguna de estas misas parisienses.

Domingo en Saint Severin

Al entrar entre semana en la Iglesia de la Comunidad, es fácil que os sorprenda un libro amplio, abierto sobre un robusto facistol. Si os acercáis, veréis una escritura heterogénea, de la que no está ausente el bolígrafo, la Párker o el tosco lápiz de carpintero. No hay enigma. Para nadie es un secreto la intención “pro-pópulo” de las misas conventuales. Para ella, durante los siete días, los fieles han ido anotando en el libro las respectivas necesidades y peticiones que luego son llevadas al momento dominical.

Conocido es el contenido penitencial de las preces iniciales de la Misa, como una introducción purificadora al sacrificio. Es aquí el lugar exacto del “Confiteor”, que ulteriores necesidades hicieron repetir antes de la Comunión: En Saint Severin se ha vuelto a la intención primitiva y, en la procesión con los clérigos hasta el altar, el celebrante alterna con ellos el “Judica me”. Cuando el cortejo llega hasta los fieles, su voz se fortalece para el rezo del “Confiteor”, que repite en alto el pueblo fiel. Es seguidamente cuando el oficiante les rocía con agua bendita, para seguir al altar, en el que penetra con el “Introito”.

Pero pasemos ya a la “Colecta” y al “Ofertorio”. ¿Reconocerían los cristianos primitivos el espíritu de sus donaciones en el cicatero puñado de calderilla de hoy? La caridad llevó siempre a subvenir a las necesidades del culto divino y las de los hermanos pobres, canalizando la aportación a través de la parroquia. Así nació la “Colecta” que incluía el pan y el vino para el sacrificio. Ahora, en la mañana del domingo, se coloca en la entrada de la Iglesia unas canastas en las que los feligreses van situando sus ofrendas. Después, mientras que en la misa se entona el Credo, el subdiácono encabeza una procesión que va a recoger las donaciones a las que, al regreso, se incorpora la colecta monetaria que se hizo entre tanto. Llegadas al altar son bendecidas, y es sobre ellas donde se hace la triple significación del Canon.

Por último, la Comunidad Cristiana de Saint Severin recibe en pie la Comunión. No hay irreverencia, ni aún innovación, sino un trascendental significado. Los libros santos están repletos de citas alusivas al carácter peregrinante del Cristiano. Por eso, el fiel se acerca momentáneamente, como de prisa para recibir el alimento que fortifica y continuar la caminata.

Esta es la hermosa experiencia de Saint Severin. A nadie extrañará que al viejo profesor racionalista o al universitario con pujos de existencial se le haya visto frecuentando sus naves. Irresistible atracción de la Belleza litúrgica como un anticipo de la más alta celestial.

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