Publicado en la revista Cruzada, marzo de 1962

Os hablo a vosotros, que vivís siempre de cara a las estrellas, aunque la vida os ponga a veces un telón de tejas y ladrillos.

 

Las estrellas son como espejos, creados para reflejar mi alegría. Si están tan altas es porque quiero que el haz de mi gozo descienda en catarata y os bañe por todos lados.

 

Mirad si ya sois gente la que puebla la Tierra… Bueno, pues para cada uno tengo Yo una estrella y todavía me queda para los que vengan e incluso me sobran para guardar.

 

Cuando vais a nacer, Yo cojo una, la bruño y os la prendo en la frente a la hora del bautizo. Y luego, la vida y los accidentes os la van oxidando, como la humedad las cosas metidas en los rincones. De vez en vez, cuando pensáis y decís de ser buenos, Yo aprovecho, alargo mi brazo y os bruño con la manga las luces de la frente, y mi paz os rutila como el cometa que se corre por el cielo.

 

Cuando llega el otoño, veis caer la niebla, la lluvia y hasta oís cómo ruge el huracán, pero, a pesar de todo, sabéis que las estrellas están fijas en el firmamento y parpadean por encima de la borrasca. Así también con las tribulaciones, el dolor y las horas grises. Tendréis lágrimas en los ojos, roces y líneas anubarradas en el horizonte, pero la paz mía y la mansedumbre, el gozo mío y los cascabeles de mi corazón transminan las tempestades y se meten radiantes en el corazón, como los Rayos X traspasan vuestro pecho para curiosearlo por dentro.

Mirad: cuando alguien sonríe, apenas si necesitáis de su palabra. Os lo dice todo el destello de los ojos y la comisura de los labios. Conmigo igual, o mucho mejor, porque Yo os hablo con los sucesos y todas las cosas que os rodean. Lo que os va a pasar mañana, Yo lo sé mucho antes y lo tengo en la cabeza y el corazón como la novela que habéis leído en la hora de reposo. Mi mano es tan poderosa como la del niño que hace un juego de arquitectura y retira a voluntad las piezas que no le gustan. Me sé de memoria el dolor que os tiene que venir y todas las zancadillas que os pondrán en la vida. Si no os las quito, confiad en que más vale así, porque todos los caminos pasan por el arco triunfal de mi cariño. Mi ternura es como el Sidol de las criaturas que tienen alma. A un padre no se le olvidan nunca los gastos de cada mes, y hasta los domingos os da para que vayáis al cine y compréis caramelos. Al lado de mi Providencia, la ternura de un Padre es como un grano de anís. Si Yo estoy en que los granos de espiga tengan una cascarilla y la fruta cera para que no se pudra, ni que decir tiene que mi brazo está por dentro del dolor necesario para que nunca os tambaleéis tengáis fuerza para meter en tierra el grano de vuestra vida, a fin de que se pudra y dé su fruto. Los ojos que se cierran, los pulmones que se envaran, el ritmo anárquico del corazón, el andar que se hace prohibitivo, son cosas que se ven aquí tan negras porque están ya mudadas a la Gloria, instaladas en mi Reino, desde donde Yo tiro de toda vuestra naturaleza.

 

El dolor, pensadlo bien, es como una niebla física, que dura diez o quince años, el tiempo que estéis en un sanatorio o en el cochecito, pero, si confiáis en Mí, os garantizo que cada «ay» es como una pasada de mis dedos que van puliendo los resplandores de vuestra felicidad. Antes que nada, que no se os olvide de pensar en Mí como en un Padre.

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