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Así considera la ciencia y la tradición al Santo Sudario de Turín

Es verdad que pocas cosas hay que sean más interesantes, para un discípulo de Cristo, que el paño que cubrió al Hijo de Dios y que, por decirlo así, marcó la vida de aquellos que en Él creían.

Desde que apareció el mismo es cierto y verdad que ha sufrido un verdadero ir y de venir hasta que ha sido Turín la ciudad que, desde hace bastante tiempo, contiene la síndone y donde puede contemplarse.

También es cierto y verdad que para un discípulo de Cristo nadie tiene que decirle la importancia que tiene la Sábana Santa pero, ¡qué diantre!, si hay racionalistas que lo afirman… en fin, como se diría en la Biblia, miel sobre hojuelas.

 

 

Publicado en Prensa Asociada el 9 de abril de 1965

 

Dice San Lucas, y confirman los otros evangelistas sinópticos, que José (de Arimatea), comprada una sábana («síndone»), bajó a Jesús de la Cruz, lo envolvió en la sábana y lo puso en un sepulcro abierto en una peña (Lc, XV-460)

Después de la memorable mañana de Resurrección, sobre el Santo Sudario pesa un silencio de doce siglos de difícil documentación. No obstante, la creencia de entonces estaba acorde en su existencia y autenticidad. En 1.206 aparece ya claramente en el saqueo de Bizancio, de donde es salvada por Othon de la Roche. Esta vicisitud no es sino una de las múltiples a que se había de ver sometida. Su huella vuelve a asomar y perderse de nuevo en Benagon. Luego sufre un nuevo extravío en 1.300 está en Troyes, y después, en San Hipólito, Chimay, la abadía de Lirey y Chambery, donde descansó. Precisamente es aquí donde atraviesa su mayor peligro de destrucción un incendio que llegó a afectarla parcialmente y que las monjas que la custodiaban repararon con más voluntad que acierto. Finalmente, la casa de Saboya, propietaria del Sudario, lo llevó a Turín, donde descansa, y sólo cada treinta años es sacado a la veneración pública, circunstancia que se utiliza para las peregrinaciones y la experimentación de los estudiosos.

La sábana

Examinado someramente el lienzo, se ve que es una, tira de finísimo lino amarillento, ligeramente uniforme, de 1,10 metros de ancho por 4,36 de longitud.

Dividiendo el paño idealmente en dos trozos, aparecen en su superficie sendas figuras de un cuerpo humano de patente perfección anatómica, estampadas por su parte anterior y posterior respectivamente, y colocadas en opuestas direcciones, o sea, próximas las imágenes de la cabeza y a la mayor distancia las de los pies. Esta orientación se aclara si tenemos en cuenta el modo de amortajar a los judíos.

Aparentemente, la impresión es algo confusa, y en ella figuran marcas de dos tonalidades las unas, que dan el contorno, más abundantes y uniformes, de un claro color sepia las otras más localizadas, de un tono malvarrosa o carmín malva, según Vignón, corresponden a la sangre».

El cuerpo tiene sobre el pubis las dos manos superpuestas y presenta señales de haber sido sometido a una intensa flagelación previa, así como a otros tormentos, tales como el de ceñirle cráneo y frente con un caja de púas agudísimas, la clásica crucifixión romana de pies y manos y una amplia hendidura en su costado superior derecho.

Todas estas circunstancias, de tan potentes coincidencias con el drama del Calvario, unidas al asentimiento de la tradición, movieron a los fieles a identificar el sudario turinés con aquella otra síndone que citan los evangelistas en el relato de la trágica tarde del Viernes Santo. El año 1898 vino pronto a dar espaldarazo al presentimiento popular.

Primera foto

Cuando en 1898 se celebró en Turín una Exposición de Arte Sagra do, la primavera quemaba en las piedras de la catedral la opulenta teoría de los oros latinos. Coincidiendo con la manifestación sacra se cumplía también el plazo marcado para la veneración de la Sábana Santa, las gentes acudieron en esta ocasión con una nueva curiosidad. Por primera vez coincidía la Exposición con el desarrollo de un reciente invento: la fotografía, cuyas posibilidades de difusión se querían utilizar para la Sábana Santa.

Para alcanzar la altura del Sudario fue preciso utilizar un montaje especial, y por la tonalidad amarillenta del lienzo, que dificultaba una imagen nítida, hubo de utilizarse también ciertas precauciones técnicas. Al fin, un fotógrafo especial tiró la primera placa, que hubo de repetir por la duda de su impresión.

Sin embargo, la mayor sensación no se produjo en el templo, sino después, en el laboratorio del revelado. Al examinar el negativo del Sudario se vio con sorpresa que lo revelado no era sino una clara y asombrosa imagen «directa» del divino Cristo Crucificado.

¿Qué explicación se podía dar al fenómeno? ¿A qué obedecía la impresión negativa del lienzo?

La Ciencia aclara

Fue aquí donde por segunda vez tendió la mano la técnica. Su razonamiento era muy sencillo. Consecuencia de los tormentos, durante la Pasión se produjo en Jesucristo un proceso febril de copiosa sudoración en la que, naturalmente, abundaba la urea. En la fermentación posterior consiguiente, la urea desprendió sales amoniacales que, actuando sobre el áloe en que se impregnaban los lienzos utilizados como sudarios, produjeron la coloración sepia que caracteriza a la Santa Síndone. La transformación, por lo tanto, no se realizaba por contacto, sino indirectamente, por la vaporización, y aquí radica la clave del fenómeno negativo.

Asimismo, como el lienzo, por la circunstancia de plegarse sobre la cabeza, estaba más próximo a la parte superior, se explica que la tonalidad sea más intensa en cráneo y tórax que, por ejemplo, en los pies, más holgados y de menos ligadura.

Lo curioso es que una permanencia fugaz del cadáver no podía matizar el lienzo y, por el contrario, cuando este contacto sobrepasaba los cuatro días, se ocasionaba una impregnación excesiva que reducía la figura a un manchón informe. Sólo en Jesucristo se dio esta coyuntura. El Evangelio es bien explícito al afirmar «Jesús, habiendo resucitado de mañana, el primer día de la semana…» (Mc XVI, 9)

Pero también el fenómeno químico deja de producirse si el cuerpo había sido untado o embalsamado previamente, características que no se dieron en el Redentor, que por la inminencia del sábado hubo de ser sepultado de un modo provisional (Lc XXIII, 56), demorando la operación para el domingo, en que resucitó.

Si la impresión del organismo sobre el paño se verifica por vaporización, al contacto de la tela con la sangre de las heridas, reblandecidas por los vapores, dejaba una nueva mancha, esta, sí, de estampación directa.

Existían, pues, dos fenómenos de grabación negativo: el uno (transpiración de sales amoniacales), positivo; el otro (unión de sangre y tela) Cabalmente, en la reliquia sucede de las dos formas: el color sepia da la imagen negativa de Jesús; la coloración malvarrosa es la impresión positiva de la sangre. Así aparecen también en la versión fotográfica.

Un racionalista certifica

Todas las aplicaciones que a ella se hacen de la ciencia moderna, no hacen sino sumarse a la autenticidad de la sagrada reliquia. Así, por ejemplo, la arqueología ha dictaminado que las huellas de la flagelación coinciden con las que dejaban los característicos flagelos romanos, y que el tejido del lienzo es contemporáneo al martirio de Jesús. El examen médico legal está de acuerdo en la propiedad anatómica y en que la impresión corresponde a un organismo que hubiera sido sometido a los mismos sufrimientos de Jesucristo. Sumemos la comprobación fotográfica, el examen químico y el dictado artístico y se ratificará la importancia del lienzo turinés.

Aún cabe esperar nuevas aplicaciones. Así la radiactividad (“el reloj para atrás»), que puede fijar el año de procedencias los rayos X, el espectroscopio, la luz ultravioleta. De todas formas, lo hasta ahora logrado es ya suficiente para que un científico como Ivés Delage, racionalista, afirme en una comunicación a la Academia de Ciencias de París “Se trata de un retrato de hombre, y este hombre es Jesucristo».

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