Es cierto y verdad que muchas veces hay alientos contrarios a la existencia del sacerdocio pues siempre ha habido, a lo largo de la historia de su existencia, intenciones aviesas al respecto de su simple ser y existir. Lolo, de todas formas, nos presenta a uno de ellos que debería ser considerado un verdadero héroe social… y religioso.

El hombre aquí presentado debemos suponer que llevaba una vida ordinaria de sacerdote. Sin embargo, una circunstancia tan “normal”, por así decirlo, de un robo que presencia le hace ser valiente y entregarse a la vida de los que, cree él y no se equivoca, están más necesitados de lo que podría aparentar la cosa.

Este hombre acaba siendo uno de ellos, de aquellos a los que quiere salvar, para hacer lo que dijo San Pablo acerca de que predicaba para convertir, al menos, a uno. Y D. Borrelli obtuvo fruto más que abundante de aquella semilla que plantó en el corazón de sus “compinches”.

 

 

Publicado en Prensa Asociada, el 8 de abril de 1965

 

¿Dónde has robado esa sotana?

La increíble historia de Don Borrelli, que fue al hampa para salvar a los «scunizzos».

Una mañana, sobre la trasera del camión, D. Mario Borrelli inició misa como siempre y se volvió hacia un grupo excepcionalmente interesado. Tocaba la parábola del hijo pródigo y puso fuego en lo que decía. Al rato, vio a un albañil que le miraba desde el andamio y luego a un fontanero que trasteaba moroso entre las herramientas. En cierta esquina, un carrito de mudanzas se detuvo y dos vecinas cruzaron los brazos curioseando.

El atizó la hoguera de su palabra y por primera vez sintió como el roce de una consolación. Le duró poco, porque una frase soez y cierto revuelo le pusieron en la pista de alguien que huía. Era un muchacho, apenas un adolescente, que pedaleaba sobre la bicicleta que acababa de robar a uno de sus oyentes. El cuadro se le quedó grabado para siempre. Porque aquel muchacho, era un «scunizzo».

Hampa de Nápoles

Para la ciudad latina, su vórtice negro lo aportó aquel cúmulo de circunstancias que motivaron la derrota italiana. El caos y las dificultades inherentes a aquella situación, se acompañaron de una crisis social que tuvo al hombre como eje y protagonista. Impedido, de un lado por la escasez, de otro por la hostilidad hogareña, el «scunizzo» es un muchacho que se da a una picaresca que satisface sus ansias de aventuras, apetencias y necesidades. Primero, traficando con los alimentos de los ocupantes después, merodeando y sustrayendo, solo al comienzo y, al fin, en bandas, el joven napolitano, acaba por zambullirse en una órbita de hechos punibles. Si, además, el «scunizzo» evolucionaba con cierta audacia, optaba a la capitanía de la banda.

Sangre sobre el asfalto

Con su capilla rodante, D. Mario siguió al servicio de los humildes sin distinción de matices. No obstante, el incidente de la bicicleta siguió obsesionándole. Hasta que una tarde que circulaba por una vía céntrica se topó con un camión. En dirección contraria bajaba un tranvía abarrotado de gente. Él vio el cruce, aproximado tangencial, y corrió veloz sobre el asfalto rodaba ya un cuerpo arrebatado al tope del tranvía. Se inclinó hasta él y le vio un hilillo de sangre por la comisura de los labios. Él le absolvió, entre tanto que sobre el brazo se le desplomaba una cabeza de adolescente. Una vez más… era un «scunizzo»».

Sin pensarlo se fue hasta su obispo, el Cardenal Ascalesi.

Eminencia, ¿al alma del «scunizzo» sólo se llega viviendo su hambre y su desamparo? El pillete será de Cristo cuando nos hagamos pícaros entre pícaros.

-¿Quieres ser uno de ellos? Pues ve y que Dios sea contigo.

Empezó una vida de escalofrío. Con unos pantalones deshilachados y la camisa mugrienta, el picaro Borrelli se acercó por primera vez a un grupo que mendigaba del Ejército de Salvación Protestante.

Aquella noche D. Mario durmió en corro con toda la banda. Era una noche bien fría y en el cielo campeaba una luna de plata. Estaba sobre el suelo, con la cabeza apoyada sobre un vientre extraño y soportando a su vez, sobre las piernas, la cabeza de otro. Alguien intentó agitarse y una patada bastó para sosegarlo.

Vesubio

El curso del tiempo fue imponiendo a Borrelli. Por valiente y desprendido los muchachos empezaron a quererle. En un golpe la banda fue apresada en su integridad y, como un malhechor más, expió la falta en silencio. Después, el reparto del botín provocó una fiera batalla y D. Mario combatió con pasión y con ímpetu.

-Parece un volcán. Le llamaremos «Capitán Vesubio»

Cuando al fin tuvo su ascendiente les dijo:

Amigos, basta ya de dormir en las calles. Allá, en las afueras, he encontrado una casa para todos. ¿Os acordáis de la iglesia que bombardearon? Nadie nos molestará allí.

La Mater dei con sus paredes agrietadas y el muñón de sus altares, pero con la techumbre intacta, fue el primer hogar de los pilletes. La cosa marchó a maravilla, pero el corazón sangraba por su sacerdocio inédito. El “scunizzo” era implacable y se imponía la prudencia. Mañana había en que sobre las playas arenosas aparecía alguien ejecutado por espía. Pero pudo más el ansia misionera y «Vesubio» se fue tras un retablo de la Mater dei para reaparecer con su sotana.

-¿Dónde la robaste?

-No la robé. Soy sacerdote. Estas fotos os lo demostrarán.

Se pusieron serios.

-¿Quieres decir que nos dejas?

Ni en su camión ni en las calles predicó nunca como aquel día lo hizo a los «scunizzos” Les dijo que había venido a hacerse carne de su dolor, a vivir en la persecución y el infortunio.

-Bien. Entonces te llamaremos «Dom Vesubio»

Rebeldía

Desde allí, la Mater dei fue la casa del «scunizzo». Socorros y alimentos empezaron a afluir a los murallones desvencijados. Para el P. Borrelli empezó la etapa más ardua de su ministerio: el encuadre social del pillete. De un lado el industrial se resistía a dar por válida su rehabilitación.

-Le daré algo, pero no puedo afrontar el riesgo de un ladrón en el mostrador. A veces su conducta parecía darle la razón al tendero. Padre ¿me deja escamotear una chaqueta?

Dom «Vesubio” era implacable y el chico salvaba la tentación, mientras el comerciante acababa por fiar en la palabra del sacerdote.

En otras ocasiones el problema se centraba en la difícil ambientación escolar. La susceptibilidad creaba en el muchacho espejismos de menosprecio. La solución estuvo en situarlos aisladamente. Hasta que un día surgió el inevitable Pietro, un ágil descuidero, encabezaba la rebeldías.

-No iré más. Me desprecian y el maestro dice que no sirvo.

-Piénsalo, Pietro, si te vas, ya no me veréis y jamás creeré en la amistad de un «scunizzo».

Y resultó que en la escuela lo querían y las notas proclamaron que era inteligente como todos los pilletes.

Ahora

Trescientos muchachos tiene, la Casa del «scunizzo». De la Mater dei han salido hasta ahora otros trescientos que son mecánicos, tenderos, tas y escolares. La mayoría llegaron ganados por el proselitismo de antiguos y recientes “scunizzos», hoy celosos apóstoles. Alguien tiene siempre a punto un gesto de estímulo. Él les sitúa y les hace amar la virtud. De su jornal retiene un tercio para manutención, otro tanto para ahorrarles y el resto para sus gastos. Muchos han constituido ya sus hogares y otros ultiman los preparativos. En todos hay algo nuevo, corno el rescoldo de un diamante íntimo que les centelleara en los ojos la luz de Cristo, que emerge por su posesión.

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