elcruzado.es, 28.03.2026 | por Lola Gª Casanova

La pregonera de la Semana Santa de Barbastro en 2026 afirma, como el beato Lolo, que el servicio a la verdad «es contarla sin manipular, no es un arma»

Irene Pozo conoce bien Barbastro. Visitó estas tierras en un viaje en el que, junto a otros periodistas, recorrieron las huellas de san Josemaría Escrivá. También participó como ponente en el Congreso Nacional de Cofradías y Hermandades de febrero de 2023. Y regresa en este 2026 como pregonera de la Semana Santa. En su discurso no faltará la referencia a la experiencia de la fe en la vida y la necesidad de la coherencia del testimonio. «Barbastro es tierra de mártires y su testimonio se encuentra muy presente», señala.

Comenzó su andadura profesional en el departamento de Comunicación del Arzobispado de Madrid y desde entonces ha estado vinculada a la información de la Iglesia. ¿Fue una decisión deliberada movida por su fe?

No. Las circunstancias me llevaron hasta ese proyecto que, realmente, cambió mi vida y que nunca jamás me había planteado. Es cierto que he recibido una educación católica y mis abuelos han resultado súper decisivos en mi fe, pero yo también he sido una adolescente rebelde en ese sentido.

Aterricé en el Departamento de Medios de Comunicación del Arzobispado de Madrid para hacer unas prácticas que, en ese momento, me encajaban. Mi fe estaba muy descafeinada y la Iglesia que yo conocía no me resultaba nada atractiva. La veía aburrida, una cosa de gente mayor. Y me equivoqué. Descubrí una iglesia que yo no conocía y me fue moldeando hasta tal punto que llegó un momento en el que yo era incapaz de separar esa fe. De repente todo tenía sentido, como si encajaran todas las piezas del puzzle y vi muy claro que lo mismo que me estaba pasando a mí, le podía pasar a muchas otras personas que se estaban perdiendo algo maravilloso que yo estaba descubriendo.

En esa transformación, ¿qué le llama más la atención?

La coherencia, llevar una vida coherente. Era vocación y también era misión. Y yo tenía que contarlo y ¡hasta hoy! No me cansa. Cada día que pasa sigo descubriendo la labor tan maravillosa que lleva a cabo la Iglesia y sigo sintiendo esa vocación y esa misión a tener que contarlo.

Cuando uno informa de algo que ama, como es su caso ¿cómo se lleva el tema de la objetividad? 

Yo no creo en la objetividad entendida como algo frío. Como que te coloque lejos de lo que uno cuenta.

Yo creo más en la honestidad. En la honestidad intelectual y profesional porque ahí cabe perfectamente el amor. Y amar la Iglesia no significa justificarlo todo, ni mirar hacia otro lado cuando aparecen sombras, porque las hay y duelen. Al contrario, cuando tú amas algo, quieres que sea mejor.

Mi compromiso es con la verdad de lo que ocurre, con sus luces y con sus heridas. Y creo que el periodismo sociorreligioso necesita rigor, contexto y profundidad y no se trata de justificar lo que sucede. De hecho, a veces, comprender desde dentro nos ayuda a explicar mucho mejor las cosas.

Al recibir el premio Lolo de Comunicación, del beato periodista Manuel Lozano, subrayó el servicio a la verdad. Y alguno se pregunta, ¿qué es la verdad?

Este premio ha supuesto mucho para mí porque me sirvió para tomar conciencia del lugar donde estaba. Ahora pertenezco a la asociación que lo concede, a la UCIPE, y cada vez que hallamos un nuevo premio Lolo, yo siempre le digo al premiado que Lolo hace cosas muy grandes con uno. O sea, que se lo tome en serio. Además, no lleva nada económico detrás, simplemente reconoce la labor.

Uno no puede conocer a Manuel Lozano y quedarse indiferente. Su vida fue una lección de coherencia, de alegría en medio del sufrimiento, de amor apasionado a la Iglesia, de amor apasionado también al periodismo. Y cuando él hablaba de servicio a la verdad, se refería a contar la realidad sin manipularla. Sin usarla para intereses personales, sin convertir el periodismo en un arma, porque, muchas veces es lo que hacemos.

Y fíjate, porque para los cristianos la verdad tiene nombre propio: Cristo.

Pero no podemos caer en la catequesis. 

No. Pero sí le da una profundidad distinta porque cambia la mirada desde la que uno trabaja.

En el último mensaje del papa Francisco, antes de fallecer, el que escribió para la Jornada de las Comunicaciones Sociales, él decía algo así como, sueño con una comunicación capaz de dar esperanza. La comunicación en la Iglesia debe construir, servir a la verdad y al bien común de la sociedad.

Además, comunicar en la Iglesia no es una opción sino una misión, esto lo he dicho varias veces. Y eso exige rigor, porque hay que contrastar y contextualizar. Exige responsabilidad en lo que contamos y cómo lo contamos, porque al final todo genera opinión y todo puede construir o puede destruir. Y también humanidad, porque no podemos olvidar que detrás de cada historia hay personas con nombres y apellidos.

Al final, servir a la verdad no implica creerse dueño de ella, sino ponerse a su servicio, con toda la humildad posible. Vivimos en una época de mucho ruido, polarización, de titulares rápidos, y yo creo que el periodismo tiene que ser un espacio donde se pueda también respirar, pensar y comprender. 

¿Cómo evangelizamos en esta sociedad donde se le ha dado la espalda al hecho religioso? 

Se trata de un reto enorme y sería ingenuo negarlo. En España muchas personas han crecido ya sin referencias religiosas claras.

También hay mucha gente que ha tenido malas experiencias, otras simplemente viven como si Dios no existiera, pero precisamente por eso es también un desafío muy bonito. Creo que lo primero que tendríamos que hacer es cambiar la mirada.

Más que una sociedad que ha dado la espalda a Dios, yo veo una sociedad desorientada y cansada. A su vez, existe mucha búsqueda interior, aunque no siempre se formula en términos religiosos. Hay hambre de sentido, de verdad, de relaciones auténticas, y ahí la fe tiene muchísimo que aportar. Evangelizar hoy en día no pasa tanto por los grandes discursos que podemos escuchar como por el testimonio coherente de muchas personas.

Ahora prima el ver para creer. Para mí, la credibilidad es clave. Una Iglesia humilde que reconoce sus errores, que acompaña el sufrimiento real de las personas, que está presente en lo que llamamos las periferias existenciales, convence mucho más que cualquier eslogan o cualquier gran discurso que se nos pueda ofrecer. La credibilidad hoy no se gana con estrategias de comunicación, se gana con la coherencia de vida. 

¿Y el lenguaje que usa la Iglesia?

Fundamental. A veces seguimos hablando como si el interlocutor compartiera nuestros códigos y no es así. Hay que aprender a traducir la experiencia cristiana a un lenguaje comprensible, sin rebajar su contenido, pero conectando con las preguntas reales de la gente. Evangelizar hoy exige paciencia. O sea, estamos en un tiempo de siembra, no estamos en un tiempo de cosecha inmediata.

A las puertas de la Semana Santa, ¿para qué sirven las procesiones?

Para evangelizar. Ofrecen un primer anuncio y funcionan como la puerta de entrada. Aunque parezca que se vive de espaldas a Dios, la Semana Santa supone un punto de encuentro. Emerge esa religiosidad popular donde lo trascendente se encuentra con lo cotidiano. A través de las imágenes recreamos ese momento histórico concreto que nos habla de Jesucristo y de la cruz. No hay que olvidarse de las cruces que todos cargamos y saber que Dios nos acompaña.

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