Artículo original en Alfa y Omega – nº 246 / 8-II-2001

Manuel Lozano Garrido, Lolo, fue un periodista como pocos. Paralítico y ciego supo descubrir la belleza y el poder de la única Verdad digna de ser contada: Jesucristo. Recogemos las palabras de su amigo Tico Medina, pronunciadas hace unos días en la presentación de las obras de Lolo en la Asociación de la Prensa, en Madrid.

«Yo soy eso que se llama un coleccionista de la sorpresa. Yo me dedico a encontrar, a veces, el oro que hay en la basura, y en otras ocasiones, el barro que, también, hay en el oro. Pero, a lo largo de más de cincuenta años de vida periodística, escribiendo, contando las historias de los demás, a lo largo de más de 40.000 entrevistas hechas en todos los medios de comunicación, la verdad es que, personas con resplandor, he conocido a muy pocas. Las personas con resplandor, que he conocido, han sido, por ejemplo, el Che Guevara, la Madre Teresa de Calcuta, personajes muy diversos y dispersos,-a los que yo he entrevistado cuerpo a cuerpo-, y, desde el primer día que lo vi, a Lolo.

Llegué a Linares buscando una muerte, contar la muerte de Manolete otra vez, y, buscando una crónica de muerte, me encontré con una crónica de vida. Subí a ver a Lolo: jamás he visto criatura más fuerte, siendo tan débil aparentemente.

Le era difícil mirarme a los ojos, porque estaba agostado, como una vid; entonces, me sentaba en el suelo y le miraba a los ojos. Jamás hubo una persona que me diera tanta fuerza, ¡es terrible esto, eh!; le daba la mano, y recibía una sacudida tremenda, de luz, de paz, de serenidad, pero al mismo tiempo de combate. Porque él era una lucha interior. Además, Lolo escribía extraordinariamente bien. Más que un cronista del dolor, era un cronista del amor.

Lo más sorprendente es que yo salía siempre de aquella especie de calvario, en el que él se encontraba, como si saliera de una sauna. Salía listo para el combate. Volví a verlo, volví a estar con él. Si llegaba cansado, maltratado, maltrecho…, allí estaba Lolo, que había leído todo lo que yo había escrito. Sabía lo que había hecho, y sospecho que, incluso, sabía lo que no había hecho. Era ese ángel de la guarda, eso que dicen los mejicanos el guarura, el guarda espaldas, que yo necesitaba.

Nos veíamos poco, pero nos sentíamos mucho. Cuando tengo un problema digo: Lolo, échame una mano, y me la echa. Me la echa, a veces, sin echármela, como quien dice: Por ahí no.

Fue un periodista excelente. Fue un cronista de eso que llamaba el viaje interior, como pocos. Lolo hacía su reportaje interior. Y escribía hacia adentro. Y escribía para publicar. Escribía con los cinco sentidos, con el talento del periodista. Con el talante del arcángel. Le he querido mucho, le quiero mucho y quiero que se me note. Llevo su foto en mi cartera junto a la de mis nietos.

Era un periodista, un cronista, un reportero de Dios extraordinario. Lo leo y me dan ganas de seguir adelante, le llamo y siempre me responde y, sobre todo, es modernísimo, actual.

En Manuel Lozano Garrido, Lolo, resplandece la verdad, extraordinaria, poderosa, irrepetible. Muchas gracias a Lolo, porque en mi vida hay dos partes, una anterior a Lolo, y otra después de Lolo. Y me gusta dar fe hoy de esto, en este sitio y a esta hora.»

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