Como pasa en los artículos en los que Lolo escribe sobre la naturaleza, prevalece el asombro por lo que en ella pasa. Ahora, al hacerlo sobre las aves que recorren grandes distancias para poder llevar una mejor vida, se nota el amor que tiene por lo creado por Dios aparte del hombre.

Multitud de datos nos aporta quien escribe este artículo de la emigración de las aves. Y en todos ellos nos sorprende que estos animales parecen saber qué es lo que deben hacer como si lo llevaran inscrito en sus corazones, lo mismo que pasa con el hombre y la ley de Dios, a modo de recordatorio.

Es cierto que Lolo habla de “instinto” y eso pudiera hacernos pensar que lo hacen sin pensar. Y es cierto que las aves no gozan de un tal bien propio del ser humano pero sí que gozan de ser parte de la Creación y eso, se diga lo que se diga, siempre llena los huecos que, en tal sentido, pueda haber.

 

 

Publicado en el Diario “Ya” 

 

Hasta las larvas de la mariposa viajan encadenándose, sobre los raíles del ferrocarril.

La golondrina de mar hace al año dos viajes de 30.000 kilómetros. Las mariposas vuelan a 200 kms. por hora y hacen sin descansar la travesía del Mediterráneo. Alejando a una golondrina anestesiada, volverá a su lugar apenas se recupere.

A Tarifa, Algeciras, La Línea y las estribaciones de la Costa del Sol ha llegado la última y más numerosa ola turística del año. Las playas se doran bajo la noble caricia del otoño y los libros de registro quedarían desbordados si tuvieran que anotar el detalle de los visitantes. Pero el aluvión turístico pasa, una y otra vez ante la mirada indiferente de los comerciantes, porque ésta es una muchedumbre que no cruza el «hall» de los hoteles. Lo que a Algeciras la invade por el Norte tiene esa leve, aérea y gentil noticia que se llama la llegada de las golondrinas que emigran. Un día y otro se las ve por los aleros de los tejados y los cables de la luz, como un pentagrama recargado de semifusas. Los hombres las notan siempre fijas cuando van a comprar el tabaco o los décimos de lotería, pero nadie cae en el relevo multitudinario que fraguan a cada momento.

En realidad, la golondrina, con las cigüeñas, es como el símbolo de todo eso noble, tibio y cordial que deja atrás el otoño. En el cuenco de paja que queda vacío en los tejados de los campanarios, en toda esa alfarería hueca que se pega a los aleros como racimos vendimiados, anida y rezuma ese zumo agrio y dulce a la vez que se llama melancolía, intenso dolor callado y nostalgia de los momentos felices que nunca volverán.

Por eso, a la golondrina y a la cigüeña se las quiere por lo que son y por lo que significan. Cuando la golondrina cruza es como si encarnara un vuelo de un avemaría. Así está de llena de gracia. La golondrina es siempre inmaculada, y no da una de cal y otra, de arena, como el gorrión o los ruiseñores, que cantan en el balcón y al rato picotean las manzanas de los huertos. De aquí que para las golondrinas tengan los hombres un no sé qué de unción religiosa y una blanca leyenda de aureolas divinas. En el Piamonte se las llama «pollitos del Señor», y «pájaros de la Virgen» en ciertas zonas alemanas. Nuestra leyenda le atribuye una cálida intervención en aliviar la corona de espinas de la Pasión, y las pinceladas rojas que le gritan bajo el pico son como un relicario volante de la Sangre redentora. En San Juan de Capistrano, un pueblo de California que casi precisa el minuto de llegada de las golondrinas, lo enmarcan entre fiestas religiosas y populares. Cuando al fin viene la inmensa bandada y se desprenden las que han de quedar en el pueblo, el son de los himnos corales y los cohetes restalla por todo el lugar.

A su vez, las cigüeñas se nimban de un fulgor espiritual. De hecho, el campesino las saluda siempre como el más arcaico, tenaz y eficiente de los insecticidas. La cigüeña, que posee a grandes dosis el sentido del humor, tiene bromas para con el labriego que se dirían excesivas. No hace muchos años, por ejemplo, se encontró en el tejado de la iglesia de Pozoblanco un chaleco con reloj y carnet de Identidad. El labrador, que lo sabe, está siempre dispuesto a echar pelillos a la mar y responde con esa muestra de ternura que es la preparación de los nidos. Y es que a la cigüeña se la quiere tener cerca porque, ante todo, es símbolo y contagio de esperanzas. Los antiguos egipcios la dejaban deambular por los atrios y las naves de sus templos, porque la cigüeña les venía con las crecidas del Nilo, lo que significaba fertilidad.

Plusmarcas de los animales

De hecho, la partida de las golondrinas y cigüeñas nos pone de cara a ese impresionante, asombroso y cada vez más inexplicable fenómeno de la emigración de los animales. Calar en detalles es como abrir los —————–___en tres inmensas “oes” de sorpresa y de estupor. Son hazañas que uno no acierta a encajar en esa fácil contextura que un niño puede abatir de una simple pedrada o que cualquier camarero pone junto a nuestro botellín como tapa de aperitivo. Cuando se piensa en el «milagro» de la paloma mensajera o en el «raid» de las golondrinas transoceánicas; en la fantástica carrera y el transbordo de la mariposa de la col, la palabra «instinto» se nos acerca como un ancla para lo que sólo tiene la alta y fastuosa explicación del genio de Dios.

Tan «razonables» somos los hombres, que todo lo queremos medir con el fruto de nuestra inteligencia. Todo se nos vuelve calcular lo maravilloso por el tamaño de las centrales eléctricas, los ciclotrones o los rascacielos. Que los «Caravallos» no hayan conseguido la gracia y la seguridad de un gorrión, se nos escapa por lo fácil y sencillo. Es lo que pasa con los pájaros, que los vemos tan menudos y humildes, que apenas si les damos otro crédito de vuelo y de distancia que el que consiguen los perdigones de una vulgar escopeta. Y no; los pájaros tienen a su vez unas plusmarcas que homologan esas Federaciones Internacionales que se llaman los experimentadores. Así, los cóndores se pierden con agilidad muy arriba de las cumbres de los Andes, y si Hillary y Tensing hubieran tenido tiempo, podrían haber visto a las águilas sobrevolar en varios kilómetros el «techo» del Everest. El avefría cruza la Siberia y busca la isla Hawey, en el Pacífico, situada a 3.000 kilómetros de la costa. En cuanto a velocidad, la golondrina vuela o 360 kilómetros por hora.

Mejor que conducir vendado

El otoño es la época de más elevado índice de trasiego de los animales. En realidad, no existe una causa única y concreta que explique la trashumancia. Unas veces es la busca de condiciones en las que reproducirse; otras, aligerar la superpoblación; en ocasiones, el rigor de las temperaturas. Lo importante es que los animales marchan de un lado para otro de modo y por medios que parecen inverosímiles. En estos días, todas las golondrinas de Europa notan como una común y extraña llamada que les hace ponerse en marcha. Lo curioso es que el camino lo toman sin una vacilación. Los Pirineos son así cruzados como nosotros tomamos el tranvía para ir a la oficina. Y como su destino inmediato es África, enfilan el Estrecho sin tantear las costas, paso que la inteligencia humana aconsejaría como más razonable. Es más: las palomas, que tropiezan con dificultades para remontarse con exceso, atraviesan el Pirineo precisamente por su lado de mayor depresión, el desfiladero de Echalar. El hombre, que lo observa y sabe que pasarán en masa en apenas unos días, ha montado un sistema de caza con redes, donde las atrapa, por millares.

Se ha querido explicar esta migración como un fenómeno de orientación producido en común. La hipótesis se tambalea a la hora de la dispersión, cuando cada golondrina se aleja de las demás y elige el mismo sitio de otros años. Se ha comprobado, por ejemplo, que un tordo regresa al mismo matorral y una golondrina a la misma vivienda, incluso durante siete años consecutivos. La emigración individual se da en la curruca y cuclillo.

Desde luego es impresionante la facultad de orientación de los animales. Si, previamente anestesiada, sacamos en un avión a una golondrina de cualquier lugar de Centroeuropa y luego, al despertar, la desorientamos haciéndole girar sobre un disco de gramófono, volvería a su sitio de origen apenas quedara libre. Incluso si pudiera hablar, recordaría el número de vueltas. Las palomas mensajeras vuelan siempre en línea recta hacia su destino, cualquiera sea el punto desde donde se las haga partir. Alejada del nido para toda la vida, volvería a él sin vacilación en sus momentos finales. Las crías podrían aclimatarse inicialmente a una nueva residencia; pero la paloma nunca olvida. Su potencia de vuelo se la da un arduo entrenamiento. Ocho horas diarias se las pasa en el aire, girando en espiral sobre su nido.

Campeona olímpica

La «recordman» de las golondrinas es la especie llamada «de mar», que cumple su función de desove en América, se lanza sin vacilar a través del Atlántico y por primavera viene a dar en la Europa nórdica, a unos 80º de altitud, donde pasa el verano. Con la llegada de los fríos emprende un largo viaje vertical hacia la Antártida, donde pasa la estación. En resumidas cuentas, su traslado viene a redondear la escalofriante cifra de 30.000 kilómetros. Y hay que tener en cuenta que esta leva se hace dos veces al año.

En la emigración casi siempre domina el carácter masivo, incluso se ha llegado a comprobaciones sensacionales. Un naturalista consiguió certificar un trasiego de palomas que cruzaban América formando una columna de kilómetro y medio de ancha y 400 de longitud. El paso duró cuatro días, y luego, cuando al fin descendieron, se midió el campo donde pactaban y dio una superficie de 35 kilómetros por seis de ancho.

En colectividad viajan también las mariposas, las aparentemente leves y frágiles mariposas, capaces de alcanzar, velocidades de 200 kilómetros por hora y de cruzar el Atlántico sin recalar. La de los cardos sale de África, cruza el Mediterráneo y los Alpes, con el consiguiente tributo a las nieves, y acaba planeando sobre Inglaterra. La de la col pasa el canal de la Mancha como una imponente nevada de Navidad. Lo curioso es que a las larvas las corroe también el ansia viajera. Como no tienen alas, son como los autoestopistas de las mariposas. Encadenan la cabeza de una con la parte posterior de la otra y toman el camino de los raíles del ferrocarril. Cuando el desplazamiento es considerable, su grasa llega a producir- verdaderos embotellamientos.

Parten de Huelva, como Colón

Los ornitólogos se preguntan la influencia que el clima y los vientos puedan tener sobre la emigración. La langosta, por ejemplo, se pone en marcha por una excitación de temperatura. El gorrión moruno y la curruca carrasqueña saltan de África a Cabo Verde y las Canarias a favor de los vientos alisios. Allí es fácil enlazar con el anticiclón de las Azores, lo que abre las posibilidades para el despliegue hacia América. La observación de esta circunstancia ha valido a un científico español, el profesor José A. Valverde, para dar consistencia a un fenómeno inesperado: la emigración a América de la garza española, suceso que sólo viene ocurriendo desde cincuenta años para acá.

La garza española, “espulga-bueyes” o “remeros”, como también se la llama, tiene sus colonias tradicionales en la baja Andalucía, en el coto Doñana, en la punta de Trafalgar y en las lagunas de las Madres. Un buen día del 1937 Mr. Emmet R. Blake apeó una de estas garzas en Buxton, en la Guayana británica. La caza no volvió a repetirse hasta el 1943, esta, vez en Venezuela. Con posterioridad se fueron cobrando piezas en la Guayana holandesa, Bolivia y Colombia, hasta puntear últimamente casi toda el área continental. La presencia de la garza en América era un hecho incuestionable, que ha venido a redondear la captura en Guipúzcoa de un ejemplar previamente anillado. Ahora ya no hay duda sobre esta moderna reedición animal de la hazaña colombina.

Las aves que se trasladan no son, en resumen, más que un matiz de toda esa Naturaleza rodante que gravita sobre el destino del hombre. Los peces, las aves y los animales de tierra, caminando por el suelo, el aire o el mar, a impulsos de las temperaturas, los vientos, la superpoblación o la necesidad de reproducirse, cantan en común la briosa letanía del servicio a la criatura, verdadero objetivo del amor de Dios.

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