En la Biblioteca de Lolo en amigosdelolo.com, sin restar importancia a ninguna de las obras escritas por Lolo, para la lectura de los libros escritos por Manuel Lozano Garrido ‘Lolo’ recomendamos el siguiente orden: Sus 3 libros-diario: Dios habla todos los días; Las golondrinas nunca saben la hora y Las estrellas se ven de noche. Y, posteriormente, la novela El árbol desnudo.

Y, precisamente de estos libros-diario, en concreto del tercero «Las estrellas se ven de noche», os compartimos el texto que nuestro querido Manuel Lozano Garrido, «el beato Lolo», escribió el 9 de agosto de 1970, el día que cumplía 50 años, un año antes marchar a la Casa del Padre.

Esperamos que se sean de vuestro agrado y os sirvan para sumaros a la celebración de su cumpleaños, y compartirlo con vuestros seres queridos:

 

9 agosto 1970.- Cumpleaños. Justamente hoy, a las cinco en punto de la tarde, como en las horas de filena taurina, he coronado la cima de ese gran Everest que es el medio siglo.

Cincuenta años, cincuenta, escalados a golpes de ‹piolet», de aspiraciones, empeños y —¿por qué no?, de sufrimientos. Casualmente me decía mi sobrina esta tarde: «Tío tienes canas». Y tomaba a la par una de ellas, no de las sienes, que ese es un sarpullido que cuida periódicamente de disimular Periquito, mi barbero, con su maquinilla, sino de allá de lo más alto y relativamente frondoso de mi cabellera.

Cincuenta años para tomarlos con optimismo, como una plenitud, o en desaliento, como un declive. El haber vivido, con su signo «más» o «menos» marcado con seguridad en la leve posibilidad de vivir confiados o la conveniencia de rectificación. ¿Qué ha madurado en mí —pregunto en este tiempo— sobre el inhóspito testimonio de mi cuerpo?

¿por qué pudieron ser tantas las ilusiones de mi juventud, para que ahora tenga que sufrir el dolor de verlas distanciarse casi al final del camino? Mariposas, mariposas ¿quién os dijo que era eterna la primavera? ¿Qué me ha dado la vida? ¿Un alfiler, cada mañana que me clava a la pared de mi cuarto, en tantas ansias y sueños?

¡Qué desnudo, en exigencias, el árbol de mi corazón, en esta mañana en que la tarde participa del denso crepúsculo de los años, en el cuerpo! ¡Si pudiera empezar mañana…! —«Mañana, mañana». ¡Qué tarde aún el amanecer para un comienzo!

Amigo: ¿importan las hojas? ¿O son la savia y el manantial los que dan la fuerza? Todavía al sarmiento le resta una cosecha, con tal de que siga pujando con energía. ¿Qué importa el halago del fruto, ante el gozo real de la germinación? Fluye, fluye vida, que nada muere mientras no fenezca la esperanza. Si te escuchases de noche cuando descansas, seguro que te oirías el son de un manantial, o el galopar de un ciervo por detrás de tu frente.

El pasado es intocable y está quieto, pero del futuro sí que puedes vivir hoy el gozo de la generosidad, sembrando y dejando para otro la majestad del fruto.

La vida, en esencia, es un hoy y en esta hora. ¿Qué tal tus labios para sorber el jugo de la tierra y remontarlo airosamente hasta la altura? Volar es nuestro secreto y nuestra gloria; y el cielo, nuestro dominio, que siempre habrá una mano o un aliento que levante o insufle su soplo en las alas que se cansan. ¡Vida y Verdad, que como os llamáis realmente es Esperanza! Milagro también de la promesa. ¿Qué ha de poder hacer de Fénix con un hombre al límite o canto de ruiseñor de una vida que grita?

Las estrellas se ven de noche (Manuel Lozano Garrido, Lolo)

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