Presentación de la serie:

Manuel Lozano Garrido, más conocido como “Lolo”, beato de la Iglesia católica, es más que conocido en este blog de InfoCatólica porque el que esto escribe lleva unos meses prestándole la atención, no toda, la que se merece.

Lolo escribió, a lo largo de su vida, una serie de libros que, en el número de 9, traen a la actualidad misma de ahora mismo, una realidad espiritual profunda, llena de luz y de gozo en Dios y, sobre todo, son expresión de un ser cristiano como tiene que serlo un hijo de Creador y que es siendo consciente que se es y gozando con ello.

Pues bien, esta serie va a estar dedicada, si Dios quiere y Dios mediante, a traer aquí cada uno de los libros escritos por aquel joven de Linares (Jaén, España) que supo, a lo largo de una trabajosa vida física cultivar un corazón sano y lleno de todo aquello que tantas veces nos falta a los que no nos podemos mirar en su espejo físico pero sí, y mucho, en el espiritual.

Por otra parte, voy a seguir, para la publicación de las recensiones, el mismo orden que siguió Lolo para publicarlos.

9. Las estrellas se ven de noche

Título: Las estrellas se ven de noche (diario póstumo)

Autor: Manuel Lozano Garrido «Lolo»

Editorial: Edibesa

Páginas: 330

Precio: 6 € (+ gastos de envío)

Se puede adquirir en Fundación beato Lolo (clic para acceder)

Este libro estuvo a punto de no ser póstumo.

Antes de seguir les tengo que decir, en confianza, que he subrayado tanto de este libro, tanto he señalado como importante que, con toda seguridad, muy poco va a salir aquí. Espero sepan comprender que esto sea, sólo, una muestra de unas páginas tan gozosas como éstas. Y, de paso, les animo a leerlo.

Empecemos por el final del libro.

En el Epílogo del mismo, escrito por José María Pérez Lozano (a quien, junto a su esposa, María Luisa Minocci, está dedicado el libro y quien, por cierto, escribe aquí mismo sobre el último día de la vida de Lolo, como abajo ponemos) se nos dice que un amigo de Lolo, de nombre Cristóbal de Olid la Calle, subía las escaleras de la casa del Beato de Linares con el ejemplar de “Las estrellas se ven de noche” mecanografiado cuando ya había pasado al otro mundo, a la Casa de Dios aquel que, sufriendo, manifestó un amor demasiado grande para nuestros pobres espíritus mortales.

Pero Lolo lo había escrito. Aquel diario, que corresponde a lo escrito-dictado por él entre el 1 de septiembre de 1965  y el 3 de noviembre de 1971 termina con lo que se ha titulado “Últimas palabras a Manuel Lozano Garrido”, también escritas por José María Pérez Lozano. Ahí se dice esto (p. 331):

“Somos conscientes de que el amor de Dios nos llegaba a través de ti; no es difícil pensar que ofrecieras muchas veces, por cualquiera de nosotros, tus callados y fuertes dolores. Y ahora nosotros, con los ojos secos, casi sin voz, en un murmullo pidiéndote perdón, esperando tu ayuda, sólo suspiramos: adiós, Manuel Lozano Garrido, hermano Lolo.”

¿Qué tiene este libro que no tengan otros que, como él, tiene forma de diario personal?

Pues nada y todo. No tiene nada en el sentido de ser, por decirlo así, la continuación de la vida de un hombre que, como en otros libros, cuenta lo que le pasa a su corazón, en su corazón; todo porque es el último y, por tanto, cada palabra (cuando sabemos que es el último) goza de la libertad de ser la que determina, para siempre ya, la existencia de quien supo sobreponerse (o, como diría él, sobrenadar) a todo lo que, físicamente, pasaba por su cuerpo.

Lo que quería Lolo lo expresa más que bien cuando en el capítulo de título “Limpiavías de sueños” nos dice (aunque se refiera al oficio de limpiavías que quería desempeñar en sus juegos de niño) que lo que hacía su existencia era (p. 43)

“Andar y andar, sólo marchar hacia delante, siempre en avanzada por los caminos inciertos de los hermanos, para desbrozar y hacerles pura la tarde de este día y el porvenir del de mañana?”

¿Lo ven ustedes? Manuel Lozano Garrido tenía más que claro que su labor consistía en desbrozar el camino de los demás para que los demás caminasen mejor y su vida fuera más agradable (esto me recuerda, por cierto, a algo dicho por san Josemaría en el mismo sentido pero eso, ahora, no viene al caso)

Pero Lolo tiene las cosas de la fe más que claras. Por ejemplo, cuando ya apenas puede comer sabe que no le puede faltar la sagrada Comunión. Y es que, en una ocasión (suponemos que en más, claro) cuando don José, Coadjutor, va a su casa con la Comunión, se encuentra con la evidente dificultad de no poder administrarla, digamos, de forma ordinaria. Entonces nos dice Lolo (p. 133)

“¡La garganta! Lucy recurre a una cucharilla y comulgo así con una pequeña parte de la forma disuelta en agua. Dios que se hace del tamaño de una micra, para sentirse fuerza de moribundo. Mis labios no encadenan un par de sílabas ni mi mente tampoco es capaz de redondear una frase, pero desde lo más hondo del corazón, un algo esencial y perdurable, como un niño que ya no solloza, tiende su mano y va sintiendo la seguridad de otra”.

¿Se puede expresar mejor lo que supone saber al Hijo de Dios en el seno del corazón de uno?

Pero si hay algo que muestra y determina cómo era Lolo es el hecho mismo de su enfermedad. En este libro se recoge, en un capítulo de título “El año 25” el momento en el que la enfermedad llegó a su vida. Es decir recuerda un día determinado (4 de octubre de 1967) en el que llegó la enfermedad a su vida 25 años antes. Sabemos cómo su fue su vida desde entonces. Y a cualquiera, que no tuviese su sangre y su temple católico, le hubiera parecido algo terrible. Sin embargo, a pesar de darse cuenta de lo que ha supuesto eso en su existencia, escribe algo que deja sorprendido y admirado a cualquiera (p. 142):

“Es verdad que se han escabullido muchas cosas: las oposiciones, mi colaboración, la carrera y, no digamos, la juventud, sin olvidar esta viva morada que es mi cuerpo, aprisionado por el abrazo de una hiedra impalpable. Pero la vida será siempre un camino de ilusión y de esperanza, y en el de mi corazón sólo destacan hoy los árboles”.

Es más, en su calendario resal tal día con un “25” en verde. ¡En verde! Y sabemos que es color de esperanza. Y esto nos muestra las razones por las que Lolo es ejemplo a seguir por espíritu limpio y bueno.

Y ahora (les prometo que esto es cierto) no puedo reflejar esto sin que las lágrimas asomen a mis ojos.

Escribe Lolo, un poco después (p. 143) como la respuesta a una entrevista que él mismo se hiciera:

-“¿Por qué el dolor es mudo?

-Porque las grandes verdades de amor siempre se dicen en silencio.”

¿Se puede decir algo más de este libro que sea mejor y más profundo?

Pues resulta difícil. Sin embargo, sí que me gustaría destacar algo que, al leerlo, me llegó hasta lo más profundo del alma.

El 25 de marzo de 1969 escribe Lolo sobre la muerte de un amigo suyo, de nombre Manolo. Hombre sencillo y pobre de espíritu pero, en lo humano, superdotado intelectualmente aunque humilde a más no poder. Su muerte le produce una profunda herida a Lolo. Es, sin embargo, una herida luminosa, que le sirve mucho.

Y sobre eso escribe Lolo (pp. 220-221) aunque, personalmente, creo que, además de referirlo a Manolo se refiere a Él mismo (que, por cierto, también se llamaba igual y como una especia de jugada de su subconsciente)

“¡Vaya con la debilidad de esos pobres de espíritu que no gritan en lo más atenazante del dolor y nunca pierden la serenidad de su alma, ni, en su fragilidad, cancelan la esperanza, porque tienen en sí la infalible promesa de ser consolados!

Cuando un hombre sube a la fuerza de piolet el paredón de una montaña, bate una marca de salto de pértiga o se pasea en el espacio con fuerza de un cohete, sentimos a la par el gozo que nos abre en sí una nueva perspectiva. Por eso ahora, después de Manolo, sus compañeros de fábrica y sus amigos tenemos como un pequeño sol que nos emerge de las pupilas. Y es su valentía en el dolor y ese salto en el aire que remontarse en amor y fe sobe los aspectos vulgares de la vida.

Gracias, Manolo, por tu suave y casi imperceptible, pero caritativa, lección y esos brazos enormes que extiendes ahora sobre mí, que, infelice, pensé alguna vez en protegerte”

Por otra parte, termina Lolo su libro con esto que sigue (p. 321) en lo que llamó, acertando de pleno al respecto de su propia vida, “Mensaje a la última golondrina”:

“Por eso, aquí, hoy, mi abierto mensaje, tan corto y humilde como un telegrama:

‘Golondrina: todos los días, sin faltar uno, recuérdame la primavera y ayúdame a rezar cada mañana la hermosa letanía de la esperanza’.

Con dolor o tristeza,
creo en ti, primavera.

Con la frente en el suelo o  amargura en los labios,
creo en ti, primavera.

Con la vida que apenas luce más que una vela muy corta,
creo en ti, primavera.

Tentado contra el amor o la esperanza,
creo en ti, primavera.

Ahora, mañana y siempre,
creo en el Dios que nos regaló la primavera y que nos hizo posibles primaveras’”.

Y es que Manuel Lozano Garrido, Lolo, que tanto sabía de dolor y de sufrimiento sabía, aun más, de reconocimiento de la felicidad en el corazón con el apoyo en Dios; es que sabía ver las estrellas de noche, en la que vivía en su ceguera material aunque no espiritual desde hacía nueve años.

Por cierto. Después de haber terminado de leer, y publicado, las reseñas de sus nueve libros, tengo algo que decir que me sabe muy mal, que deja cierto sabor amago en el corazón: tengo la casi total seguridad de que estos libros no van a liberar de la pena del sufrimiento a muchos católicos que nunca van a tener noticias de la existencia de un hombre santo como fue Manuel Lozano Garrido. Muchos, por tanto, no van a poder aprovecharse, espiritualmente hablando, de las bondades y maravillas contenidas en sus libros y no van a poder degustar los divinos sabores que encierran las páginas de quien escribió con el alma y con el corazón lo que, muchas veces, no podía escribir con las manos. Aunque bien sabemos que los caminos de Dios son inescrutables y, sobre esto, tampoco podemos decir nada.

Y eso, se diga lo que se diga, llena de congoja el corazón aunque también tengo que decir que nada de esto puede hacer disminuir el gozo de haberme encontrado con alguien tan maravilloso como fue, en vida (y es, ahora, en el Cielo) aquel que, naciendo para ser mucho (hijo de Dios) fue más aun (hijo de Dios gozoso de serlo).

Otro por cierto. Perdonen ustedes que no haya podido hacer esto más escueto, menos extenso. Es que no he podido… ni he querido, la verdad.

Gracias, Lolo. Y, por favor ruega por nosotros, pecadores indignos de ser llamados hermanos tuyos.

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