Antes de empezar, digamos que, a partir de este número doble, el que corresponde a los que son 53 y 54 de la revista “Sinaí”, todos los números, hasta que termina de ser publicada con tal nombre, son también dobles y, algunos, cuádruples como son, por ejemplo, los que corresponden del 87 hasta el 90 y del 101 al 104. Y esto, digámoslo así, es algo especial que creemos vale la pena resaltar.

Pues bien, en lo que podemos llamar “Editorial” de estos dos números, de título “Hacer cuentas”, habla su Director sobre que “recordar es volver a pasar las cosas por el corazón”. Y eso es lo que hace, precisamente ahora que termina el año 1965 para terminar diciendo esto que sigue:

“A la hora de hacer cuentas, anota tus ‘síes’. Lo importante para la fecundidad es la simiente; y la aceptación es la mejor siembra de la vida. ¿Dijiste que sí aquel día en que tus dientes querían apretarse para no sorber una copa que creías muy amarga? Pues anda, amigo, encarama la frente. A tu lado camina un ángel, que se llama Redención”.

Y es que, como no podía ser de otra manera, Manuel Lozano Garrido sólo puede terminar lo que escribe con un signo de esperanza.

Y como hace en tantos y tantos números de “Sinaí”, la sección Punto, Raya, Punto nos trae aquello que puede elevar el alma por caminos de superación. Así, nos habla Lolo de que:

“-En Londres, el doctor Robin Valentine afirma haber descubierto el virus del constipado. Este virus tiene unas ‘antenas’, que provocan dolores de cabeza.

-Segmentos de arterias de vaca, químicamente tratadas, han sido utilizadas para sustituir las de once enfermos de corazón humanos. El primer experimento de esta clase se efectuó después de los trasplantes de arterias en perros y lechones, que se realizaron hace ocho años.

-Dos millones y medio de pesetas ha costado la residencia para ancianos que Cáritas Parroquial ha hecho en Burriana. Más de la mitad de ese dinero procede de donativos particulares.”

Y ahora que acaba el año, que acababa entonces queremos decir (el de 1965), el ahora Beato linarense pone algo que es muy conocido en su obra escrita: Doce campanadas. Porque nada mejor que terminar de tal forma los doce meses pasados de aquel tiempo concreto. Y así va desgranando una a una:

“Y doce peticiones. Cuando las ruedecillas del reloj crujen y el martillo se alza para dar su alegre toque inicial del año, un hombre de arrodilla con todo ese estallido de esperanza que es la más sincera oración. Al primer golpe, un deseo; al segundo, una aspiración; al tercero, una esperanza y, en todos, Dios encima, con las manos abiertas.”

Así, por ejemplo, en la Primera le pide que le ayude “siempre a vivir a mediodía”; en la segunda quiere “colocar un ancho sentimiento de aceptación, mi mente y mi corazón como una página en blanco”; en la tercera le pide a Dios “Un préstamo: déjame tu corazón por los nueve o quince años que puedo vivir todavía”. Y fueron seis… (murió en 1971) Y así hasta que llega la duodécima, en la que pide silencio: “Que se acallen los relojes y yo sepa también enmudecer. Más que palabras, concédeme silencio. Chirrín a las críticas, a las banalidades, a las quejas y a la espita de los rencores.” ¡Qué forma mejor de terminar un año que pidiéndole eso a Dios…

Hay, también, en este número doble, una encuesta que lleva por título “¿Qué es lo que más le impresiona del nacimiento de Cristo”? Y, como suele suceder en otras que también ha publicado en “Sinaí” su Director, contestan personas que tienen distintas ocupaciones. Así, por ejemplo, un enfermo dice:

“La confluencia de dolor y de inocencia que se dan Belén. Cristo me hace meditar en el privilegio y la gloria que es colaborar en el misterio redentor.”

O un médico:

“El simple y trascendental hecho del nacimiento, en sí mismo. La escalofriante idea del vuelvo de amor que tuvo que dar el corazón de Dios Padre para descender de su majestad de fabricante de astros y estrellas y hacerse un hombre de clase modesta, elemento de esa especie nuestra que manchamos con el pecado.”

O un albañil:

“Su mareo de pobreza, con todo lo que vino a significar. Cuando sudo y el jornal no me llega, o veo los frigoríficos y los televisores de los demás, su figura de humilde trabajador me ayuda a borrar cualquiera sentimiento de envidia. Me enorgullezco de ser gemelo suyo en eso de la humildad.”

Y ¡qué quieren que les diga! Ciertamente, la respuesta de este señor, de profesión albañil, dio en el justo centro de la verdad cristiana.

Todo, hasta ahora, en estos números, ha tenido expresión de seriedad y de tomarse las cosas como deben de tomarse. Sin embargo, como pasa muchas en la vida y, también, en “Sinaí”, su Director, conocedor a la perfección de la necesidad de humor que tienen los enfermos (y no sólo ellos, pero sí ellos) Y así pone estos pasatiempos:

“-¡Por Dios, hombre! – dice el dentista a su paciente – . Deje de hacer esos idos y mover los brazos. Ni siquiera he tocado la muela.
-Ya lo sé -contesta el paciente en tanto puede hablar. Pero es que está usted pisándome un callo.”

O este otro:

“-¿Dónde pasó usted la noche del 4 de enero?
-Durmiendo, señor juez.
-Demuéstrelo.
-¡A ver, que me traigan una cama!”

Y, ya, para terminar, estos “Pensamientos económicos”:

“-La publicidad sirve para ponerles nombres raros a las cosas sencillas”.-A los niños pequeños hay que decirles ahora que las brujas monta en cohetes teledirigidos.
-El sombrero es una prenda de distinta aplicación y duración, según se trate de hombre o mujer. A la mujer le sirve para presumir; al hombre para lo mismo, disimulando la calva.”

Y termina este número doble como lo hace en otras ocasiones, incluyendo una carta de las llamadas “Con la señal de la Cruz” y que, por tanto, que ver con una persona enferma que tiene relación con las enfermedades. En este caso, se trata de la Srta. L.L. Martínez, de Madrid. Y ponemos, aquí, sólo algo de lo que allí le dice que supone todo un grito de esperanza y de amor para aquella joven que va a ser enfermera y que, es posible, se tope con momentos no tan buenos a lo largo de su vida, como poco, laboral:

“¿Sabes? Entonces es cuando ha de hacer falta el haz de esa pila de tu corazón que estás acumulando ahora mismo y que se llama amor de Dios en la figura de los hombres /…/ Acércate entonces a una cama o a un quirófano y, al cuerpo que veas, ponle el perfil de Cristo alrededor, porque Él está allí; aunque tus ojos se resistan a creerlo, aunque su vulgaridad se te niegue a aceptarlo /…/ Cristo es promesa para todos los hombres y tú puedes ser el vehículo de esa esperanza.”

En realidad, la Cruz de la que aquí habla el Director de “Sinaí” no es la propia de alguien que está enfermo pero sí de aquellas que sí tendrán las personas con las que vaya a relacionarse la Sr. L., pongámosle Luisa, por ejemplo.

(Continuará)

 

 

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