Gracias a Dios, aunque sea en imagen, podemos tener un conocimiento cierto del Beato Manuel Lozano Garrido. Y digo que, al menos en imagen porque tengo entendido que apenas hay grabaciones de su voz.

El que esto escribe nunca ha estado de acuerdo con eso que se dice acerca de que una imagen vale más que mil palabras. Y no lo está porque sí, la imagen muestra mucho pero las palabras pueden llegar donde la imagen no llega. Y creo que este es el caso.

El que esto escribe, como no conoció personalmente a Lolo, no sabe si era vergonzoso a la hora de dejarse tomar fotografías. Y es que en su tiempo, aunque la fotografía estaba más que desarrollada a nivel profesional no solía ser lo común como atestigua el que esto escribe por su propia vida personal en la cual hay pocos recuerdos de tal clase y de tal espacio temporal pues bien sabemos hasta dónde se ha desarrollado hoy día un campo como ése…

Esto de arriba lo decimos porque nos damos cuenta de que Lolo posa, por así decirlo, de una forma muy íntima y personal casi como si le diera algo de vergüenza que el papel pudiese mostrar cómo se encontraba entonces.

Decimos que para nosotros (y suponemos que para los que en su tiempo vieran tal imagen que estamos seguros no serían demasiadas personas) es como un tesoro más que grande porque se puede ver a Manuel, entonces sólo Manuel o Lolo, en una actitud más que serena.

Resultan evidentes las huellas de su enfermedad o, mejor, sus enfermedades porque a sus manos, “en garra” (como escribe en más de una ocasión) es fácil apreciar que llevar unas gafas de color oscuro sólo puede apuntar a su ceguera con la que convivió los últimos años de su vida en el mundo.

Lolo, de todas formas, muestra un rasgo que, según podemos leer en muchos momentos en sus libros, es característico suyo: una sonrisa se puede apreciar con la que nos muestra y demuestra que donde Dios quiere que haya vida, a pesar de los pesares, la hay y mucho que la hay.

Ciertamente, al que esto escribe, esta imagen le inspira no temor por el sufrimiento o el dolor, no alejamiento de Dios por pensar algo así como “¿Dios quiere esto?” y no, tampoco no, pensamientos de cierto masoquismo por parte de quien muestra cómo está. No. Lo que nos inspira es una ternura grande porque podemos ver cómo es posible afrontar lo malo por lo que pasamos para (y en el caso de Lolo fue más que mal y peor incluso, si hablamos de lo físico solamente) con una grandeza de espíritu y un corazón a prueba de todo obstáculo (y los tuvo) y de toda piedra en el camino con las que no pudo tropezarse al no poder andar pero que se le aparecieron en forma de dificultades sin cuento (y no sólo económicas). Lolo fue en vida así, digamos, una fuente de gozo, creemos, para Dios y no menos para aquellos que, al conocerlo, se dieron cuenta de su fama de santidad. Y lo otro, la santidad demostrada, se vio con el tiempo y lo que está por venir, también se verá.

Digamos que Lolo, en expresión que le acompañó siempre, supo “sobrenadar” el sufrimiento o, vamos, estar por encima del mismo sobreponiéndose a su aguijón. Y aquí lo vemos, en esta imagen que es fiel reflejo de lo que pueden mostrarnos los santos.

 

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