Hace un mes, el 8 de octubre, en la capilla mayor del Seminario de Jaén, cientos de amigos se reunieron a rezar. El fondo del corazón, de cada uno de ellos, eran aquellas palabras de Marta a Jesús: “Señor, el que amas está enfermo”.

Ahora, la plegaria silenciosa, en aquella “Eucaristía gozosa”, era esa misma oración: “Señor, el que amas, Rafa, está muriendo”.

Pero esa plegaria se presentaba ante el Padre Dios, por intercesión de “Lolo”, el periodista y escritor, Beato Manuel Lozano Garrido: la mitad de su vida paralítico total-total, y luego también ciego; y ahora BEATO, “bienaventurado” en el cielo. Sus huesos doloridos, “como un alfilerito en cada punto de mi piel”, fueron su cruz “gozosa”, porque cada momento de su vida era vivido en alegría.

Y aquel “montón de amigos”, silencioso, con la respiración contenida, pedía la curación de Rafa, que era esposo de Eugenia, padre de tres preciosos hijos…; pero la mesa familiar, hogar sereno y gozoso, se había aumentado con otros hijos, no de la carne ni de la sangre, sino desde el amor del corazón.

Pedíamos… rezábamos en aquella celebración, del 8 de octubre: ¡Señor, ten piedad! ¡Cristo, ten piedad!

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Hace años, en 1958, Lolo viajó a Lourdes. Allí lloró ante la imagen de Santa María, y allí le ofreció su vida. La familia le preguntaba: “Manolo, ¿has pedido tu curación?” y él respondió: “¡Cómo iba yo a pedir para mí, viendo allí a tantos cientos de enfermos!”. Lolo se volvió a Linares y entonces se hizo fecundo en sus escritos, sabio en sus consejos y orante en su corazón.

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Rafa Benavides, junto a Eugenia, rodeado de sus hijos y de sus amigos, iba agravando. Recibió la unción de enfermos y, entonces mismo, en sus manos recibió una reliquia de los huesos (ex ossibus) del Beato Lolo. Él creyó y rezó con la reliquia apretada en su mano. Su corazón tenía paz. El eco del murmullo orante de quienes le querían con todas sus fuerzas, golpeaba el cielo pidiendo al Dios, padre de las misericordias, la sanación de Rafa.

Y el Dios del amor, de la alegría, de la paz, se llevó el alma de Rafa al cielo.

Pero, a la vez, el mismo Dios del amor, de la alegría y de la paz, penetró en Eugenia y en sus hijos. En ellos estaba la fe que da la razón de toda esperanza. Porque Cristo ha resucitado, Cristo es el gozo aún en el dolor.

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