Este año celebramos el 15 aniversario de la Beatificación de Manuel Lozano Garrido ‘Lolo’. Para los Amigos de Lolo es una alegría inmensa ver cómo el cariño y la devoción, al que fuese y es «nuestro amigo Lolo», crece por el mundo entero.

Se cumplen 15 años del inicio de los Premios Lolo de Periodismo Joven de UCIPE, y tenemos el honor de compartiros el siguiente artículo que ha escrito para todos vosotros, María Gómez Fernández, la I Premio Lolo, que -en la actualidad- comunica (y muy bien) desde su propia agencia: ARAS Marketing, Comunicación y Publicidad (arasagencia.com).

 

María Gómez Fernández. Agencia ARAS

El amanecer en Madagascar llega prontísimo y es muy luminoso. A las seis de la mañana el sol brilla con la misma fuerza que en España a las doce del mediodía. Rafa no deja de hacer esos cálculos entre risas: “Las seis de la mañana. Marisol todavía está durmiendo, y nosotros aquí, desayunando arroz con ‘pollo-bicicleta’”. Rafa es Rafael Ortega, en aquel momento presidente de la UCIPE; Marisol es su mujer, que se ha quedado en Madrid, y el ‘pollo-bicicleta’ es como él llama a las gallinas fibrosas que corretean por el patio del “palacio” episcopal de Tsiroanomandidy, donde vive entonces el trinitario Gustavo Bombín, hoy arzobispo de Toliara.

En noviembre de 2005 tuve la suerte impagable de visitar Madagascar como parte de un grupo de periodistas invitados por Manos Unidas para conocer sus valiosos proyectos en la isla. Ese viaje fue uno de los eventos canónicos de mi carrera profesional. Llegó en uno de los peores momentos de mi vida, de la manera más casual y caótica posible, pero no pude hacer nada para evitarlo. Estaba destinado a ocurrir, y siempre he pensado que estuvo en el origen del Premio Lolo que recibí años después.

Cuando se cumplen quince años de la entrega del primer Premio Lolo de Periodismo Joven, miro al pasado con tierna indulgencia. Observo a la chica que contiene la respiración después de colgar con Rafa Ortega, quien, el primer domingo de noviembre de 2009, le acaba de comunicar la concesión del premio; a la redactora incrédula pero agitada que a la mañana siguiente, al salir de una entrevista con la nueva presidenta de Manos Unidas (¡¿es posible seguir creyendo en las casualidades?!), compra buñuelos para celebrarlo con los compañeros de la redacción; a la periodista nerviosa que recibe el galardón el 17 de mayo de 2010, en un acto en la Asociación de la Prensa de Madrid, casi más preocupada por no tropezar que por entender el significado de ese momento; a la María rendida a su síndrome del impostor que no pararía de llorar durante años al sentirse un fraude.

Obispo de Jaén entrega el premio Lolo a María Gómez

María Gómez recibiendo el I Premio Lolo de Periodismo Joven (17.05.2010)

 

“No has nacido para prensa de colores”

Crecer en Vida Nueva, rodeada de verdaderos maestros, me había convertido en una persona exigente con la excelencia. Porque no vale cualquier cosa cuando uno se dedica a informar, a trasladar los hechos y sus contextos a los lectores, o espectadores, u oyentes, y menos en el campo de la información religiosa. Es muy fácil confundirse y hacer pasar los deseos propios por noticias, despistarse y catequizar con la pluma (con el ordenador, con el micrófono), y todavía más montarse en el prejuicio y cabalgar hacia la manipulación para despreciar lo religioso. Se puede hacer tan buen periodismo religioso como de cualquier otro tipo, pero hay que querer hacerlo.

Manuel Lozano Garrido, Lolo, el primer y único –hasta el momento– periodista que es beato, lo dijo así:

“Cada día alumbrarás tu mensaje con dolor, porque la verdad es un ascua que se arranca del cielo y quema las entrañas para iluminar, pero tú cuida de llevarla dulcemente hasta el corazón de tus hermanos. Recuerda que no has nacido para prensa de colores. Ni confitería, ni platos fuertes: sirve mejor el buen bocado de la vida limpia y esperanzadora, como es”.

Al releer el párrafo es difícil no sentir vértigo ante la admirable belleza de su concisión y la jovial firmeza de sus argumentos. Cuando me preguntan qué sentí al recibir el premio que lleva su nombre, contesto que “responsabilidad”. Entre otras cosas, por honrar la memoria de un hombre que ejerció el periodismo con honestidad y que en su faceta de escritor destacó por su humanidad, por su alegría y por su fe. Y eso, a pesar de la dureza con que la vida le golpeó desde joven.

 

Quince años de la beatificación de un santo

El sol del atardecer entra tranquilo por la ventana, sorteando los geranios que colorean el balcón, y acaricia el sillón donde está sentada Lucy. Es el año 2010 en Linares (Jaén), pueblo natal de Lolo, unos meses antes de la beatificación. Lucy es su hermana pequeña, la cómplice de sus juegos de niñez y la adolescente que disfrutaba al verle coquetear con una amiga suya; la joven que se quedó a su lado cuando, ya huérfanos, la enfermedad lo paralizó a los 22 años; la cuidadora resuelta que le consiguió su primera silla de ruedas, a la que quedaría atado para siempre; la enfermera a tiempo completo, mecanógrafa a tiempo parcial, confidente y amiga; hasta fue sus ojos los últimos años, cuando Lolo se quedó ciego, y fue providencial intermediaria en el milagro que le valió la beatificación; llegó a serlo todo para él.

Sentada en su sillón en esta tarde de invierno, señala a la periodista:

“Ahí se ponía él, donde estás tú. Yo era su hermanilla, pero los últimos años me sorprendió, porque de vez en cuando me llamaba madre. Y para mí Lolo era mi hijo. Yo le decía: ‘Tú me tocaste en una tómbola de Dios, que me dio el premio gordo contigo’. No se puede querer más”.

Lucy contagia su pasión sin proponérselo, pero es que es imposible no emocionarse al tenerla enfrente y ver en sus ojos el agradecimiento por una vida entregada. Igual que conmueve el testimonio directo de los amigos de Lolo, que le siguen queriendo, a través del tiempo y la distancia, del sufrimiento y de la muerte, portando la sonrisa del beato como bandera. La sonrisa en el dolor que le ha llevado hasta los altares.

 

Portavoz de la alegría y la fe

Atardece en Madrid en 2025 y creo que lo más importante de estos quince años es que sigan dándose estos premios, que una entidad tan significativa como la que representa a los periodistas católicos siga queriendo visibilizar a periodistas jóvenes con vocación de informadores y de transmisores de la esperanza, y que las enseñanzas de Lolo se sigan filtrando en la savia de todos ellos, de todos nosotros.

Es fácil ahora, quince años después, tras todo lo vivido y aprendido, lucir con honor y sin miedos el primer Premio Lolo de Periodismo Joven. Porque no se trata del oficial de la palabra que lo recibe, sino de ser portavoz del inigualable maestro de la alegría y de la fe que fue Lolo.

Releer sus oraciones y parafrasearle para dar gracias, por ejemplo, por encontrarme con el Amor extremo de Dios Padre a través de su vida, porque está impresa en él la imagen de Jesús, por su fe firme y su amor a la Eucaristía, por la valentía de sus escritos, por su paciencia y su testimonio en la enfermedad. Pedir, imitándole, que nunca dude de que cuento siempre con la mano suave de María Madre. Recordarle cuando el sufrimiento llame a la puerta de mi vida. Desear que el amor me lo endulce todo. Actuar con corazón bravo para decir una palabra clara, rotunda y sobre todo justa. Y ejercer un periodismo al sol, claro y limpio con la luz dorada de Dios, que sea mi guía.

María Gómez, cofundadora de la Agencia ARAS, nos muestra el I Premio Lolo de Periodismo Joven.

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