Empieza “Sinaí” un nuevo año, 1969, y un número doble (el 91 y 92) nos regala la visión de quien, sufriendo en sus propias carnes los padecimientos físicos por los que pasa, sabe muy bien que este medio de comunicación levanta el alma de más de una persona que está en situación similar. Y empieza, claro, con un sacrificio: el ayuno.

“Demasiado denigrante es ya que muchos animales reciban más atención que los hombres”.

Así se termina el artículo que hace, digamos, de Editorial. Y es tan extenso (pues es un tema importante) que ocupa la página 1 y la 4 de este número de “Sinaí”.

El caso es que en España fue el año 1960 cuando se llevó a cabo la primera campaña contra el hambre que había tenido su origen allá por el año 1942 en Oxford cuando un “un grupo de intelectuales fundó un comité para socorrer a los niños griegos que fueron víctimas de la invasión alemana, la guerra civil y los raptos de los países comunicas vecinos a Grecia.” Pues bien, desde aquel día, y según se nos dice, “se viene realizando una doble acción: personal, de solidaridad hacia los hambrientos, mediante el Día del Ayuno Voluntario; y colectiva, de ayuda a los pueblos subdesarrollados.” Ahora, por tanto, era la décima ocasión en la que se repetía, a primeros de año, una tan noble acción.

No se puede decir que el dinero que se recoge en este campaña, con el mismo, se hicieran pocas cosas o se le diera un uso sin sentido pues es, justamente, lo contrario:

“En la India ha costeado la perforación de pozos, sostiene orfelinatos…

En Perú ha establecido un centro de promoción de la mujer…

En Zamora sostiene el desarrollo comunitario de San José Obrero…

En Macao ayudó a refugiados chinos…

En España, Camerún y Angola ha sostenido obras de promoción de la mujer…»

Etc., etc y etc.

Ciertamente, podemos decir que no es posible que se le pueda dar más rendimiento a un ayuno…

Y, como suele siendo habitual desde hace muchos números, don José Moreno López escribe una de sus “autobiografías”. Ahora le toca al Telespectador. Y dice lo siguiente:

“Puede ser que los alucinógenos sean más nocivos para la salud y el bolsillo que la TV, pero lo que nadie se atreverá a poner en tela de junio, si es que le queda alguno a alguien después de las sesiones que nos atizamos, es que se está convirtiendo en una droga corrosiva.”

Vemos que la opinión que tiene el autor de la columna no es demasiado buena de aquello que, entonces, era relativamente joven. ¡Qué hubiera dicho hoy día!

Y es que sigue con esto:

“Esta obsesión /…/ no nos deja vivir, al menos por lo que al que suscribe respecta – sin respeto-, tendente a embotarnos el entendimiento, robarnos el tiempo, tan caro (“time is money”), arruinarnos con el consumo creciente de electricidad, más reparaciones,  más repetidor, más teleprogramas, más UHF, más zarandajas…”

Y es que, claro, no podía terminar de otra forma su filípica:

“¡Malhaya televisión, epidemia del siglo, amén!”

Por otra  parte, un semanario francés pregunta, nada más y nada menos, si hay cristianos felices. Y, claro, las respuestas son según el ser de cada cual:

Un joven obrero: ‘soy un hombre muy feliz y doy gracias a Dios pro la felicidad que concede a mi hogar. Pero una felicidad como ésta sólo puede ser fruto de la fe’:

Una mujer de cincuenta años: ‘enferma total desde hace más de quince años (paso el día en un sillón de ruedas y por la noche tienen que meterme en la cama); y he de decir que gracias a Cristo nunca he conocido la desesperación /…/ Pues bien, nunca se ha apagado el rincón luminoso de mi alma.’

Una mujer de sesenta y un años: ‘sí, me siento muy feliz y orgullosa de ser cristiana. ¿ Por qué? Porque Dios nos ama.»

Así de sencilla es la cosa: la fe ayuda en mucho a ser feliz en este mundo que nos tocado vivir.

Por cierto, no creo recordar que en ningún número de “Sinaí” o de las Circulares que precedieron a esta revista pasar lo que pasa en este número de primeros del año 1969. Y que, seguramente debido a los problemas económicos por los que podía pasar la misma y que en algunas ocasiones son explícitamente indicados por el Director o quienes le puedan echar una mano en su confección, decimos que debido a eso lleva una página de ¡publicidad!

A lo mejor alguien piensa que eso puede desvirtuar el sentido de “Sinaí” pero no hay duda alguna que ante la tesitura de que la revista lo pase mal a la hora de salir al aire y esto… bueno, como que a nadie le amarga un dulce.

Y reproducimos el anuncio porque es un gusto reproducirlo:

Y como no podía ser menos, aquello que hace que el optimismo campe por todos los corazones de los que leen “Sinai” está aquí puesto hablando, por ejemplo, de doña Mari Carmen Macías que, postrada en una cama se convirtió en misionera, digamos, a distancia (como lo fue Santa Teresita del Niño Jesús, por ejemplo) y muchas fueron las obras que inspiró en América; también el caso de un médico que donó sangre a la niña que iba a operar al perder mucha y ser de un grupo difícil de encontrar. La niña, lo debemos decir, falleció pero el gesto del doctor es algo que no podemos olvidar; y, ya, por último, nos habla “Sinaí” del caso de don Roberto Ortiz Hernández, súbdito norteamericano y nacido en Puerto Rico, que ciego desde hacía más de doce años estaba cursando estudios de Derecho en la Universidad de Granada.

Y nos extraña que se diga que:

“Roberto Ortiz, casado y padre de dos niños, de nueve y cuatro años, es todo un símbolo del triunfo de la voluntad sobre el infortunio y de la capacidad de adaptación y falsa leyenda de los ‘disminuidos físicos.”

Y sí señor, le damos toda la razón del mundo que seamos capaces de dar.

 

(Continuará)

 

Puedes leer todos los artículos de la serie Lourdes-Sinaí-Lolo en este enlace.

 

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