A nadie le puede extrañar que la persona que está enferma y pasa por malos momentos, el mundo exterior al lugar donde vive, puede parecer algo alejado de su realidad. Sin embargo, para el Director de “Sinaí” eso no debe ser así sino que, como dice el título de lo que podemos llamar “Editorial” de este número doble, el 55-56 correspondiente a los meses de enero y febrero de 1966, el cristal de la ventana pueda hacer o establecer una especie de frontera entre el mundo interior donde pasa su vida el enfermo y el exterior, allí donde sería su anhelo estar. Por eso dice, con toda franqueza (y, seguramente, con conocimiento propio de tales realidades):

“Como emblema, amigo, te voy a dar el de una ventana, alta o baja, da igual. Lo fundamental es que sea una ventana y, eso sí, que esté siempre abierta.

¿Que por qué de par en par, si a lo mejor será como un elemento de escape a tantas preocupaciones?

Pues no. Ningún hombre, que yo sepa, gana huyendo una laureada.

Pesa mucho la soledad entre cuatro paredes. /…/ ¡Ay de ti si el alma la has dejado a su vez entre cuatro paredes!”

Para terminar diciendo esto que sigue:

“Hala, a la vida, al hermoso lugar que tienes en el afán de todos los hombres. Ahí, en medio de la vida estás tú, benéficamente, con la majestad de tu dolor, con la energía que te congracia en maravilloso hermano-gemelo de la Cruz.”

Resulta curioso que Manuel Lozano Garrido haya sabido adaptar la respuesta que un albañil le da a la pregunta “¿Qué es lo que más le impresiona del nacimiento de Cristo”? que le hace el Director de “Sinaí” en una encuesta (y que recogemos en el artículo de la semana anterior) Y es que el albañil responde tal que así:  “Me enorgullezco de ser gemelo suyo en eso de la humildad.”

Por otra parte, este número entra de lleno, directamente, en lo que corresponde a los que dan noticia de la actividad propia de Dios en el mundo, de sus hechos extraordinarios y de lo que certifica su misma existencia. Y es que recoge el caso de Juliette Tamburini a la que se le reconoció (después de un seguimiento de años, desde 1959 hasta el  3 de mayo de 1964) el milagro de haberse curado de una osteomielitis aguda (que padecía desde 1947; ¡qué curioso, como la hemorroísa del Evangelio, que también padecía su enfermedad desde hacía los mismos años!, en Mc 5, 21-43) en el fémur al habérsele aplicado agua de la gruta de Lourdes y haber desaparecido su enfermedad ¡al día siguiente! Y es que la agraciada había viajado a Lourdes en aquel año, 1959, con la siempre sana intención de pedir a la Virgen María una mejoría en el padecimiento que le obligada a recibir dos curas diarias.

Y, para entonces, era la sesenta y cinco vez que la Iglesia reconocía una curación milagrosa en tal santuario mariano. Y, para que no digan algunos… con auxilio de la ciencia que es la que acaba por determinar que aquella, y otras, curaciones, exceden su propia explicación y camina por otros caminos más que altos y sobre naturales…

Debemos decir que este número doble de “Sinaí” está tocado por una especie de bendición divina. Y es que aporta dos noticias que tienen todo que ver con la mejoría de aquellos que lo pasan mal y, por otra parte, lleva a cabo la aportación de hablarnos de dos personas muy importantes en sus propios ámbitos de vida.

De lo primero hablamos ahora. Y es que las noticias a las que nos referimos tienen relación, una, con las personas ciegas (Lolo ya lo era entonces) y, otra, con la posibilidad de desarrollo profesional de las personas a las que llama “impedidas” y entre las que también podríamos incluir al mismo Lolo.

Y sí, según nos dice el titular de la primera noticia: “Los ciegos pueden ser útiles”. Y ya podemos imaginar lo que encierra el mismo de, seguro, desazón por la vida que entonces podían llevar las personas invidentes.

Pues bien, según nos dice, en Gran Bretaña, 750 invidentes encontraban trabajo cada año en aquella nación europea. Y es que a partir de la II Guerra Mundial, cuando tantas manos eran necesarias para reconstruir Europa, se vio que la mano de obra invidente podía aportar su granito de arena en la industria o en cualquier otro ámbito laboral. Así, como se nos dice en el texto del artículo,

“Hoy día hombres y mujeres ciegos a la edad de 50 años desempeñan empleos industriales de competencia en Gran Bretaña. Aproximadamente 4000 de ellos trabajan en la industria. Otros 2500 se emplean en el comercio…”

Incluso,

“En las categorías superiores, figuran ingenieros, arquitectos, gerentes de producción y de personal. Muchos son ciegos de nacimiento y, sin embargo, logran adquirir toda la capacitación y la pericia profesional y académica necesarias para las profesiones de su selección.”

Pero, como hemos dicho arriba, eso no es todo pues, volviendo a tierras españolas, el Ministerio de Educación Nacional convoca, cada año,

“una gama variadísima de estudios por correspondencia que, gratuitamente, facilitan muchas salidas profesionales a todos los que posean afanes y deseos de formarse desde el lecho del dolor o el propio domicilio.”

En concreto, en aquel año de 1966, en el Boletín Oficial del Estado de fecha 10 de febrero, se convocaron 3.271 becas para tales menesteres que pertenecían a 65 centros de estudio.

Y después de las noticias, lo segundo tiene relación, decimos, con dos personas, entonces en pleno auge de su vida laboral y, digamos, misional (cada uno en su terreno) Y nos referimos al doctor Carlos Jiménez Díaz y a Raul Follereau, que tanto tuvo que ver con los enfermos leprosos.

Al respecto del primero de ellos, a saber, el doctor Carlos Jiménez Díaz (que, por cierto, fallecería poco más de un año después de esta entrevista, el 18 de mayo de 1967) tenemos que decir que el buen hombre padecía una grave afección a la que sumó, por decirlo así, un accidente de automóvil, en concreto el 3 de enero de 1965. Sin embargo, eso no le hizo arredrarse ni se vino abajo, como podemos decir para que se entienda la actitud de una persona que decía que “el dolor es una cosa buena” pues entendía que “el sufrimiento de la carne propia enseña mucho”. Y que “hay que vender el dolor y utilizarlo.”

El doctor Jiménez Díaz, dice que “cuando uno sublima las cosas se da cuenta de su insignificancia” pues se ha dado cuenta, después de haber sido él el enfermo, que aunque pueda parecer imposible sostenerla poca importancia que debemos dar a la enfermedad (en cuanto a aceptación de la misma, queremos decir)

Por cierto, dice el entrevistador que “hace un año la muerte le rondó” (por 1965) Y no es poco cierto que un año después de esto lo encontró y, habiendo leído como era esta buena persona entregada a su trabajo y a su prójimo, seguro que dio pasos agigantados hacia Dios.

Y ya para terminar debemos hablar de Raul Follereau, conocido como el “vagabundo de la caridad.”

Entonces, en aquel 1966, tenía 62 años, pues había nacido un 17 de agosto de 1903 y había estado en Madrid en el ejercicio de su personal vocación de defensa del Leproso (así se le llamaba: “Apóstol delos Leprosos”) Por eso el Director de “Sinaí” dice del buen hombre esto:

“Un verdadero apóstol que quiere llevar a todos los confines del mundo el angustioso mensaje de socorro, ahogado en lágrimas, de los millones de hombres que sufren y se consumen, víctimas de la lepra, el hambre y toda suerte de calamidades.”

El caso es que para Raul Follereau el problema de la existencia de la lepra (aún en aquel pasado siglo XX) podría limitase de comprender el problema. Y es que se trata “de amar, de crear conciencia, de reflexionar acerca de nuestra vida para comprender la de los demás.” Y llegó a proponer al presidente Eisenhower y a Malenkov (su homólogo ruso) que donasen, cada uno, el coste de un bombardero para “emplear su valor en la causa que le ocupaba” y que hizo que Alejandro Fernández Pombo, a la sazón escritor y amigo del Beato Lolo, escribiese un libro (en 1964), a modo de biografía, de título ”El hombre que quería dos aviones” y del que tomó una cita para su libro “Tom Dooley tiene una cita con la muerte” que decía:

“Señor, ten piedad de todos los pobres del mundo.

Señor, no permitáis más que nosotros solos seamos felices.”

Sirvan, de todas formas, este pequeño apunte acerca de estas dos importantes personas, para agradecer la labor que, en vida, llevaron en beneficio de su prójimo.

(Continuará)

 

 

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